viernes, 25 de diciembre de 2015

Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6


 

Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.
Él es el resplandor de su gloria
y la impronta de su ser.
Él sostiene el universo con su Palabra poderosa,
y después de realizar la purificación de los pecados,
se sentó a la derecha del trono de Dios
en lo más alto del cielo.
Así llegó a ser tan superior a los ángeles,
cuanto incomparablemente mayor que el de ellos
es el Nombre que recibió en herencia.
¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel:
«Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»?
¿Y de qué ángel dijo:
«Yo seré un padre para él
y él será para mí un hijo»?
y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice:
«Que todos los ángeles de Dios lo adoren».
Palabra de Dios.


¡SE ABRIERON LAS PUERTAS Y BAJÓ EL AMOR!
En este Año de la Misericordia, la Navidad, nos hace comprender perfectamente lo que es este Año Jubilar: el Encuentro con Dios en Belén (lo da todo) y el re-encuentro de nosotros con la humanidad doliente (hemos de darnos en todo). ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
Que sea, el Señor, bienvenido a esta tierra preñada de muchos contrastes y tan necesitada de paz y de esperanza. Una paz que, por sí mismo, el mundo no puede lograr y una esperanza que, el mundo en sí mismo, es capaz de asegurar. ¡Cómo no dar gracias a DIOS que, en su gran misericordia, se mete en nuestra piel! ¡Cómo no mirar hacia el cielo y, comprender, que las puertas de ese cielo se abren para darnos, inyectarnos y venir hasta nosotros en forma de misericordia: Dios, en Cristo, cura nuestras heridas, calma nuestras tormentas, agranda nuestro optimismo, nos salva de nuestros infiernos!
1.- La Navidad es el descenso de la Divinidad hasta la humanidad. Dios toca, como nunca lo había hecho, el corazón del hombre: Dios se hace carne para que comprendamos que, el amor, es camino seguro para llegarse hasta El. Ha venido para quedarse entre nosotros, para ser como nosotros. Para elevar nuestra dignidad. ¡Cómo no vamos a celebrar este aterrizaje tan descomunal y vertiginoso de Dios en nuestra historia!
La Navidad, con Dios, es un camino que conduce hacia la verdad. Es una llamada a desterrar el odio y la violencia. No porque, en el corazón de los hombres renazca la bondad como flor de un día o presión sociológica o sensible del ambiente, sino porque cuando Dios nace, el hombre recupera lo mejor de sí mismo. El distanciamiento, por parte del hombre, hacia Dios, le convierte en insolidario, egoísta, egocéntrico o individualista. EL Nacimiento de Cristo nos hace comprobar muy de cerca, con nuestros propios ojos, el amor inmenso que Dios nos tiene. ¡Cómo no vamos a cantarlo todo ello!
La Navidad, el nacimiento de Cristo, es la apuesta más radical y arriesgada de Dios por el mundo. Se aventura a ser como uno de nosotros, a hacerse hombre como nosotros, a gemir como nosotros y a sufrir los mismos sinsabores que nosotros. Luego, más adelante, nos demostrará de nuevo que, desde la cruz, se puede redimir todo aquello que al hombre le humilla, especialmente la muerte. ¡Cómo no vamos a festejarlo todo ello!
2. Hoy es el día en el que, cielo y tierra, se unen. Es el instante en el cual, la gloria de Dios, regala a nuestro mundo aquello que tanto necesita: amor. ¿Sabremos ser sensibles a este acontecimiento? ¿Nos dejaremos embargar por la emoción de estas horas? ¿Iremos deprisa, como los pastores, dejando a un lado nuestros cómodos valles para brindar homenaje al Rey de Reyes? ¿O tal vez nos quedaremos en la orilla de la Navidad presos de otras luces y mensajes?
Hoy es un día para felicitarnos. ¡Dios ha cumplido lo prometido! Ha nacido del seno virginal de María, aquella que quedando para siempre virgen, se convierte en Madre de Dios y Madre nuestra. ¡Qué gran Misterio! ¡Qué gran Sacramento! ¡Dios en un pesebre, Dios humillado! ¡Cuánto! ¡Pero cuánto nos ama Dios para que nos entregue, así y de estas formas tan sorprendentes, a su único Hijo!
Que al contemplar al Dios Niño nuestras conciencias se vean interpeladas: el que es Todopoderoso, entra al mundo por la puerta de la humildad. El que lo tiene todo, aparece ante nosotros desnudo. El que, en el cielo habitaba entre ángeles y triunfo, nace en el mundo en medio de la soledad, la indiferencia o la frialdad. ¿Por qué nosotros –siendo menos que Dios optamos por escoger las puertas grandes, la opulencia o el afán de notoriedad?
¡Gracias, Señor, hoy es Navidad!
Javier Leoz
 

 

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