domingo, 27 de diciembre de 2015

Lectura del primer libro de Samuel 1, 20-22. 24-28



En aquellos días, Ana concibió, y a su debido tiempo dio a luz un hijo, al que puso el nombre de Samuel, diciendo: «Se lo he pedido al Señor».
El marido, Elcaná, subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto. Pero Ana no subió, porque dijo a su marido: «No iré hasta que el niño deje de mamar. Entonces lo llevaré y él se presentará delante el Señor y se quedará allí para siempre».
Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella, llevando además un novillo de tres años, una mediada de harina y un odre de vino, y lo condujo a la Casa del Señor en Silo. El niño era aún muy pequeño. Y después de inmolar el novillo, se lo llevaron a Elí.
Ella dijo: «Perdón, señor mío, ¡por tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor. Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y Él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a Él: para toda su vida queda cedido al Señor».
Después se postraron delante del Señor.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 Los libros de Samuel son libros históricos en que los protagonistas son Samuel, Saúl, David y Salomón. Hoy se nos presenta a un matrimonio muy sencillo, el de Ana y Elcaná, que sufre la tristeza de no tener descendencia. Sobre todo ella pide insistentemente a Dios que le conceda un hijo. Y al final lo consigue: es Samuel, que será nada menos que el primer Juez de Israel, personaje importante en la historia de su pueblo. Como lo había pedido y obtenido de Dios, Ana decide "devolverlo" a Dios, dejándolo en el templo "para toda su vida". El hecho de que Samuel pertenezca al Señor toda la vida, más que a sus padres, ilumina el evangelio de hoy: también Jesús se debe a su Padre.

P. Juan R. Celeiro

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