domingo, 10 de enero de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Tito 2, 11-14; 3, 4-7


 

Querido hijo:
La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de libramos de toda iniquidad, purificamos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, Él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo. Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna.
 
Palabra de Dios.


Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Para nosotros, los cristianos, el siervo de Yahvé es Jesús de Nazaret, el que fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista. Él vino a implantar el derecho en la tierra, pero no quiso hacerlo con las armas, ni con una doctrina intolerante y opresora; no quiso quebrar la caña cascada, ni apagar el pábilo vacilante. Vino a abrir los ojos a los ciegos y la prisión a los cautivos; quiso ser alianza de los pueblos y luz de las naciones. A este siervo de Yahveh, a este Jesús de Nazaret, es al que debemos convertirnos, del que debemos revestirnos, cuando intentamos vivir como personas bautizadas en su Espíritu. El siervo de Yahveh, en este siglo XXI, el actual discípulo de Jesús, bautizado en su Espíritu, debe ser una persona mansa y humilde, luchadora contra las injusticias de este mundo y anunciadora de un reino de justicia, de amor y de paz.
3.- Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Este es el mejor propósito que podemos hacer todos los que deseamos vivir como personas bautizadas: pasar por la vida haciendo el bien. Haciendo el bien sin distinción de personas, sean estas de la nación que sean. Se trata de curar a todos los que se ven obligados a vivir oprimidos por el diablo, bien sea por el diablo del pecado, del hambre, o de la enfermedad, o de la tiranía, o del materialismo consumista. Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús es vivir haciendo el bien, como lo hizo durante toda su vida, aquí en la tierra, Jesús de Nazaret.
 

 

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