sábado, 2 de enero de 2016

Lectura de la primera carta de san Juan 2, 22-28


Hijos míos:
¿Quién es el mentiroso,
sino el que niega que Jesús es el Cristo?
Ése es el Anticristo:
el que niega al Padre y al Hijo.
El que niega al Hijo no está unido al Padre;
el que reconoce al Hijo también está unido al Padre.

En cuanto a ustedes,
permanezcan fieles a lo que oyeron desde el principio:
de esa manera, permanecerán también
en el Hijo y en el Padre.
La promesa que Él nos hizo es ésta: la Vida eterna.
Esto es lo que quería escribirles
acerca de los que intentan engañarlos.
Pero la unción que recibieron de Él
permanece en ustedes,
y no necesitan que nadie les enseñe.
Y ya que esa unción los instruye en todo
y ella es verdadera y no miente,
permanezcan en Él,
como ella les ha enseñado.
Sí, permanezcan en Él, hijos míos,
para que cuando Él se manifieste,
tengamos plena confianza,
y no sintamos vergüenza ante Él
en el Día de su Venida.

Palabra de Dios.


Considerando a Jesús como si fuera sólo el recipiente del Hijo, a quien se le llama Cristo, algunos pensaron que Jesús sólo había sido un recipiente de paso del Hijo de Dios y que después Jesús fue abandonado a la muerte, pues el Cristo habría cumplido ya su misión y de nada le hubiese servido el haber subido a una dimensión superior para después volver a bajar, indignamente, a tomar la naturaleza humana de Jesús. Quienes así pensaban en el tiempo de Juan Apóstol, negaban la resurrección o el que Jesús hubiese tenido realmente una naturaleza humana como la nuestra. A nuestro Salvador nosotros le llamamos Jesucristo. Nosotros, junto con Él, hemos recibido la unción del Espíritu Santo; y esa unción (crisma) permanece en nosotros y nos conduce, como personas humanas, hacia la salvación, pues jamás dejaremos de ser hijos de Dios y lo veremos tal cual es con nuestra naturaleza . Quien rechaza a Cristo rechaza al Padre; y a pesar de estar bautizado y ungido por el Espíritu Santo, está rechazando la salvación. Permanezcamos en Jesucristo, para que al final logremos, junto con Él, la vida eterna; pues de lo contrario seríamos confundidos eternamente.

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