martes, 5 de enero de 2016

Lectura de la primera carta de san Juan 3, 11-20




Hijos míos:
La noticia que oyeron desde el principio es ésta:
que nos amemos los unos a los otros.
No hagamos como Caín, que era del Maligno
y mató a su hermano.
¿Y por qué lo mató?
Porque sus obras eran malas,
y las de su hermano, en cambio, eran justas.

No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece.
Nosotros sabemos que hemos pasado
de la muerte a la Vida,
porque amamos a nuestros hermanos.
El que no ama permanece en la muerte.
El que odia a su hermano es un homicida,
y ustedes saben que ningún homicida
posee la Vida eterna.

En esto hemos conocido el amor:
en que Él entregó su vida por nosotros.
Por eso, también nosotros
debemos dar la vida por nuestros hermanos.
Si alguien vive en la abundancia,
y viendo a su hermano en la necesidad,
le cierra su corazón,
¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?

Hijitos míos,
no amemos con la lengua y de palabra,
sino con obras y de verdad.
En esto conoceremos que somos de la verdad,
y estaremos tranquilos delante de Dios
aunque nuestra conciencia nos reproche algo,
porque Dios es más grande que nuestra conciencia
y conoce todas las cosas.

Palabra de Dios.



"¿De dónde sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida? - dice San Agustín - . Nadie interrogue a nadie. Que cada uno entre en su corazón. Si allí hallare la caridad fraterna, esté seguro que ha pasado de la muerte a la vida. Ya está a la derecha."
Ojalá y no emulemos a Caín, que era del demonio, pues sus obras malas así lo manifestaron.
Y es del demonio aquel que no ama a su hermano, sino que lo desprecia y destruye.
En cambio nosotros amamos a nuestro hermano hasta llegar a dar la vida por él con tal de ganarlo para Cristo. Y si somos capaces de dar nuestra vida por su salvación, ¿cómo no hemos de estar dispuestos a despojarnos de nuestros bienes para socorrerlo en sus necesidades, siendo que los bienes son mucho menos que nuestra vida que entregaríamos por él?
Sin embargo la realización del bien a nuestro prójimo no puede quedarse sólo en un buen deseo, hay que manifestar nuestra fe en obras de amor.
Sabemos que somos frágiles; y que muchas veces dejamos de hacer el bien que deseamos. Por eso acudamos a Dios para que Él nos purifique de todo pecado. Y así, conformados a la imagen de su propio Hijo, tengamos la seguridad de ser escuchados como Él por el Padre Dios.
Ojalá y la salvación no sea algo que esperemos para el final de nuestra vida, sino que sea algo que ya desde ahora disfrutemos por la Gracia, por la Vida, por el Espíritu que Dios haya infundido en nosotros, y nos haga manifestarnos como hijos suyos, y como hermanos unidos realmente por el amor que procede del mismo Dios en nosotros.

Sal. 100 (99). Todos estamos llamados a entrar por la Puerta, que es Cristo, al Templo no construido por manos humanas, sino que es la Morada eterna que Dios ha preparado para los que le aman y le viven fieles.
Los que nos gloriamos de ser el Pueblo Santo de Dios no podemos quedarnos en una vanagloria, sino que hemos de manifestar esa Gloria de Dios al mundo entero, con el rostro descubierto, es decir: con nuestras buenas obras, fruto de la presencia de la Vida y del Espíritu de Dios en nosotros, y que darán testimonio de que en verdad Dios permanece en nosotros y nosotros en Dios.
Por eso la misión de la Iglesia de Cristo es lograr que todos alabemos a Dios y le manifestemos nuestro amor sirviendo a nuestros hermanos, y no estorbándoles en su camino hacia la Vida eterna.
Reconozcámonos como hijos de Dios; y que eso nos ayude a vivir realmente como hermanos, unidos y guiados por el amor y por el Espíritu que Él nos ha concedido.

 


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