jueves, 7 de enero de 2016

Lectura de la primera carta de san Juan 3, 22––4, 6




Hijos míos:
Dios nos concederá
todo cuanto le pidamos,
porque cumplimos sus mandamientos
y hacemos lo que le agrada.
Su mandamiento es éste:
que creamos en el Nombre de su Hijo Jesucristo,
y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó.
El que cumple sus mandamientos
permanece en Dios,
y Dios permanece en él;
y sabemos que Él permanece en nosotros,
por el Espíritu que nos ha dado.

Queridos míos,
no crean a cualquiera que se considere inspirado:
pongan a prueba su inspiración,
para ver si procede de Dios,
porque han aparecido en el mundo
muchos falsos profetas.
En esto reconocerán al que está inspirado por Dios:
todo el que confiesa
a Jesucristo manifestado en la carne,
procede de Dios.
Y todo el que niega a Jesús,
no procede de Dios,
sino que está inspirado por el Anticristo,
de quien ustedes oyeron decir que vendría
y ya está en el mundo.

Hijos míos,
ustedes son de Dios
y han vencido a esos falsos profetas,
porque Aquél que está en ustedes
es más grande que el que está en el mundo.
Ellos son del mundo,
por eso hablan el lenguaje del mundo
y el mundo los escucha.
Nosotros, en cambio, somos de Dios.
El que conoce a Dios nos escucha,
pero el que no es de Dios no nos escucha.
Y en esto distinguiremos
la verdadera de la falsa inspiración.

Palabra de Dios.



¿Realmente creemos en Dios? Nuestra fe en Él se ha de manifestar siendo fieles a su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros conforme al precepto que nos dio. Quien rechaza a Jesucristo como Hijo de Dios es el anticristo; quien no ama a su prójimo como Cristo nos ha amado a nosotros también es del anticristo. No podemos confesar nuestra fe en Jesús como Hijo de Dios sólo con los labios; es necesario que nuestras obras sean congruentes con nuestra fe. Quien amolda su vida a las enseñanzas de Jesucristo, ese es de Dios y permanece en Aquel que es la Verdad, pues está escuchando a Dios y está poniendo en práctica su Palabra. No vivamos pecando; no destruyamos a nuestro prójimo; no pasemos de largo ante sus necesidades. Jesucristo nos enseñó, con su propia vida, que amar a los demás es llegar, incluso, a dar nuestra vida por ellos. Mientras en este aspecto nos quedemos en medianías, o hagamos distinción de personas, seremos muchas cosas, menos verdaderos cristianos.

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