sábado, 9 de enero de 2016

Lectura de la primera carta de san Juan 4, 11-18




Queridos míos,
si Dios nos amó tanto,
también nosotros debemos amamos los unos a los otros.
Nadie ha visto nunca a Dios:
si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros
y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en El
y Él permanece en nosotros,
es que nos ha comunicado su Espíritu.
y nosotros hemos visto y atestiguamos
que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios,
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene
y hemos creído en él.
Dios es amor,
y el que permanece en el amor
permanece en Dios,
y Dios permanece en él.

La señal de que el amor
ha llegado a su plenitud en nosotros,
está en que tenemos plena confianza
ante el día del Juicio,
porque ya en este mundo
somos semejantes a Él.
En el amor no hay lugar para el temor:
al contrario, el amor perfecto elimina el temor,
porque el temor supone un castigo,
y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Nos anima una vez más a vivir en el amor. Tanto en dirección a Dios como en dirección a nuestros hermanos. Nadie creerá que es excesiva la insistencia del apóstol, porque somos conscientes de que necesitamos que nos lo digan muchas veces: es lo que más nos cuesta en la vida. Si asimiláramos ese amor, nuestra relación con Dios no estaría basada en el miedo o en el interés, sino en nuestra condición de hijos y en nuestra confianza en el Padre, en el Hijo que se ha entregado por nosotros, y en el Espíritu que nos ha sido derramado en nuestro corazón y que nos hace decir: Abbá, Padre. Si asimiláramos un poco más ese amor, nuestra relación con el prójimo estaría impregnada de una actitud de comprensión, de entrega. No sólo cuando las personas son amables y simpáticas, sino también cuando lo son un poco menos. Porque el motivo de nuestro amor no son las ventajas o el gusto que encontramos al amar, sino como respuesta al amor que a todos nos ha regalado gratuitamente Dios. 

P. Juan R. Celeiro 

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