domingo, 10 de enero de 2016

Lectura del libro de Isaías 40, 1-5.9-11


 
¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo,
dice su Dios!
Hablen al corazón de Jerusalén
y anúncienle
que su tiempo de servicio se ha cumplido,
que su culpa está pagada,
que ha recibido de la mano del Señor
doble castigo por todos sus pecados.
 
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Entonces se revelará la gloria del Señor
y todos los hombres la verán juntamente,
porque ha hablado la boca del Señor.
 
Súbete a una montaña elevada,
tú que llevas la buena noticia a Sión;
levanta con fuerza tu voz,
tú que llevas la buena noticia a Jerusalén.
Levántala sin temor,
di a las ciudades de Judá:
«¡Aquí está su Dios!»
Ya llega el Señor con poder
y su brazo le asegura el dominio:
el premio de su victoria lo acompaña
y su recompensa lo precede.
Como un pastor, Él apacienta su rebaño,
lo reúne con su brazo;
lleva sobre su pecho a los corderos
y guía con cuidado a las que han dado a luz.
 
Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 El profeta-probablemente el "segundo Isaías"- nos hace oír una consoladora página que parece propia del Adviento: "consuelen, consuelen a mi pueblo... preparen el camino del Señor". El motivo de que hoy leamos esta profecía es que el Bautismo del Señor tiene un carácter de investidura mesiánica, que refleja lo que decía el profeta: "se revelará la gloria del Señor... Súbete a una montaña, levanta con fuerza tu voz: aquí está su Dios". Si en el clima de Adviento y Navidad podíamos escuchar esas palabras como promesa, hoy tienen un tono de cumplimiento y de comienzo oficial de la misión que va a realizar el Enviado de Dios.

P. Juan R. Celeiro

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