domingo, 7 de febrero de 2016

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 15, 1-11



Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.
Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Cefas y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.
Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído.

Palabra de Dios.


Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol…, pero por la gracia de Dios soy lo que soy. Sobre la humildad de san Pablo y sobre su disponibilidad para cumplir con la vocación de predicador del evangelio de Jesús, tal como el mismo Jesús le pidió, sabemos bastante. Sus cartas a las distintas comunidades cristianas que él mismo fundó son leídas casi diariamente en nuestras asambleas litúrgicas. En el libro de los Hechos de los Apóstoles también encontramos mucha información sobre la humildad de san Pablo y sobre su impresionante actividad como predicador del evangelio de Jesús. Imitemos a san Pablo en su humildad, en su continua oración y en su múltiple e incansable actividad a favor del evangelio.
Gabriel González del Estal


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