jueves, 18 de febrero de 2016

Lectura del libro de Ester 3, 6; 4, 11-12. 14-16. 23-25



El rey de Persia firmó un decreto, ordenando que todos los judíos fueran exterminados del país por la espada. Al enterarse, todo Israel clamaba con todas sus fuerzas, porque veían que su muerte era inminente.
La reina Ester, presa de una angustia mortal, también buscó refugio en el Señor. Luego oró al Señor, Dios de Israel, diciendo:
«¡Señor mío, nuestro Rey, Tú eres el Único!
Ven a socorrerme, porque estoy sola,
no tengo otra ayuda fuera de ti
y estoy expuesta al peligro.
Yo aprendí desde mi infancia, en mi familia paterna,
que Tú, Señor, elegiste a Israel entre todos los pueblos,
y a nuestros padres entre todos sus antepasados,
para que fueran tu herencia eternamente.
¡Y Tú has hecho por ellos lo que habías prometido!

¡Acuérdate, Señor, y manifiéstate
en el momento de nuestra aflicción!
Y a mí, dame valor, Rey de los dioses
y Señor de todos los que tienen autoridad.
Coloca en mis labios palabras armoniosas
cuando me encuentre delante del león,
y cámbiale el corazón
para que deteste al que nos combate
y acabe con él y con sus partidarios.
¡Líbranos de ellos con tu mano
y ven a socorrerme, porque estoy sola,
y no tengo a nadie fuera de ti, Señor!
Tú, que lo conoces todo».

Palabra de Dios.


Reflexionando juntos

 El libro está escrito con una intención religiosa, espiritual: animar a los lectores de todos los tiempos a tener confianza en Dios, porque siempre está dispuesto a ayudarnos en nuestra lucha contra el mal. La reina toma la atrevida decisión de presentarse ante el rey -el león- sin haber sido llamada. Pero no se fía de sus propias fuerzas y por eso invoca humildemente a Dios para que la ayude en este momento tan decisivo. La oración de Ester fue escuchada. Esto nos hace pensar que, aunque a veces no se nos conceda exactamente lo que pedimos, nuestra oración debe tener otra clase de eficacia. Como decía Agustín, «si tu oración no es escuchada, es porque no pides como debes o porque pides lo que no debes».

P. Juan R. Celeiro

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