domingo, 20 de marzo de 2016

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7




El mismo Señor me ha dado
una lengua de discípulo,
para que yo sepa reconfortar al fatigado
con una palabra de aliento.
Cada mañana, Él despierta mi oído
para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído
y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban
y mis mejillas a los que me arrancaban la barba;
no retiré mi rostro
cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda:
por eso, no quedé confundido;
por eso, endurecí mi rostro como el pedernal,
y sé muy bien que no quedaré defraudado.

Palabra de Dios.


Reflexionando juntos

 Tercer "cántico del Siervo del Señor", se afirma que tiene "una lengua de discípulo, para reconfortar al fatigado con una palabra de aliento". Pero también que, "cada mañana, despierta mi oído para que escuche como un discípulo". Escucha para luego poder comunicar las palabras de Dios. El Siervo es, consciente de que su misión va a ir acompañada de oposición: "ofrecí la espalda a los que me golpeaban", siempre, eso sí, con la ayuda de Dios: "el Señor viene en mi ayuda, por eso no quede confundido". Para Isaías, la misión del Siervo es " reconfortar al fatigado con una palabra de aliento", pero él mismo tiene que asumir el dolor y el castigo de la humanidad: "ofrecí la espalda a los que me golpeaban". Aspecto que ha subrayado fuertemente el salmo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Pero el poema del Siervo no sólo se puede considerar figura de la muerte de Cristo, sino también de su glorificación: " el Señor viene en mi ayuda, por eso no quede confundido".

P. Juan R. Celeiro

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