domingo, 24 de abril de 2016

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27


DOMINGO QUINTO DE PASCUA




Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.
Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.
A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.

Palabra de Dios.


Reflexionando juntos

 El primer viaje de Pablo y Bernabé termina con bastantes éxitos y también bastantes fracasos para contar. Lo cual ha pasado siempre a la Iglesia, a lo largo de sus dos mil años de existencia. Tal vez nosotros no recibimos palizas ni nos meten en la cárcel, como a los primeros discípulos y como a tantos y tantos mártires a lo largo de los siglos. Pero sí probablemente hemos sufrido reacciones hostiles y hemos sido víctimas de desánimos y cansancios interiores, que a veces son peores que las dificultades externas. Aquellas primeras comunidades nos dan una lección precisamente de "comunidad": se sienten corresponsables de la vida cristiana interna y del trabajo misionero externo. Envían a los misioneros y luego escuchan sus explicaciones. Nos dan también otra lección: la importancia que para una comunidad tienen sus ministros ordenados, que reciben en el sacramento del Orden fuerza especial del Espíritu, y así pueden predicar, fundar nuevas comunidades, animar a los fieles a perseverar, presidir la oración, designar a otros ministros en los diversos lugares. También ahora, con la ayuda interior del Espíritu y el ministerio visible de los diáconos, presbíteros y obispos -ayudados por tantos laicos y laicas que aportan su esfuerzo en bien de todos-, la comunidad cristiana, la parroquial y la diocesana, va creciendo y madurando en su fe, y dando testimonio de su fe ante el mundo.

P. Juan R. Celeiro 

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