viernes, 29 de abril de 2016

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 15, 22-31




En aquellos días, los Apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta:
«Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto, hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, los cuales han consagrado su vida al Nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje.
El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós».
Los delegados, después de ser despedidos, descendieron a Antioquía donde convocaron a la asamblea y le entregaron la carta. Ésta fue leída y todos se alegraron por el aliento que les daba.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 Cuando nuestras comunidades se reúnen y se esfuerzan por discernir cuál es en concreto la voluntad de Dios, las decisiones que tomamos deberían parecerse a las de Jerusalén. Porque a veces, nos empeñamos en imponer a otros cosas que no son necesarias, cargas que no son imprescindibles. Esto puede pasar también en las condiciones que cada uno de nosotros impone a las personas con quienes convivimos para que «gocen de nuestra aceptación»: muchas veces no somos tolerantes, ni pluralistas, ni respetamos las diferencias de carácter, de cultura, de opinión. En toda discusión debería triunfar la caridad, tolerando muchos detalles periféricos y centrándonos en lo importante. Cuando tomamos una decisión comunitaria, ¿podríamos decir con sinceridad que «hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros»? ¿O nos dejamos llevar de intereses o de cerrazones debidas a nuestra inercia o nuestra comodidad? Nuestras decisiones, además de ser ortodoxas y conformes a toda ley, ¿son alentadoras, como la de Jerusalén? ¿Llenan de alegría a los interesados?


P. Juan R. Celeiro 

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