domingo, 3 de abril de 2016

Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19



Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: «Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que están en Asia».
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: Yo soy el Primero y el Último, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro».

Palabra de Dios.


Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús. Ser fiel al evangelio de Jesús, normalmente no sale gratis. Porque el “mundo”, en el sentido que le da San Juan a esta palabra, es enemigo de Jesús, es enemigo de la verdad. Seamos nosotros fieles a la verdad del evangelio, aunque nos cueste más de un disgusto, porque, al final, sólo la verdad nos hará libres. Después de todo, sólo Dios es el que vive por los siglos de los siglos y tiene las llaves de la muerte y de la vida.



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