domingo, 24 de abril de 2016

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a




Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.
Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.
Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la carpa de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».
Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

Palabra de Dios.


Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe… Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. La esperanza en un cielo nuevo y en una tierra nueva es nuestra gran esperanza. Un lugar donde triunfe el bien y el mal ya no exista. Es, sin duda, ahora una esperanza utópica, porque no se da en ningún lugar conocido, pero debe ser para nosotros una esperanza real, vivificante y transformadora. No nos gusta este mundo en el que vivimos, pero creemos que existe un mundo bueno y mejor, al que Dios nos llevará no por nuestros propios méritos, sino por pura gracia. Pero la esperanza no consiste en una simple creencia utópica, sino que debe ser para nosotros una esperanza que nos dé fuerza y ánimo para vivir caminando constantemente, por amor, hacia un mundo mejor. Precisamente, porque no nos gusta lo que ahora tenemos es por lo que luchamos por algo que aún no tenemos pero deseamos tener. Esto es lo que hizo nuestro Maestro, Cristo, luchar hasta el final, hasta entregar su propia vida, por la conquista de un mundo mejor y más justo. Y lo hizo todo con amor y por amor a los hombres, tal como se lo había mandado su Padre, Dios. Por eso, Dios lo exaltó y lo glorificó sobre el ara de la cruz y desde entonces vive glorioso y resucitado para siempre a la derecha del Padre.

 
Gabriel González del Estal
 



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