domingo, 8 de mayo de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 17-23




Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que Él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que Él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza.
Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro.
Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de Aquél que llena completamente todas las cosas.

Palabra de Dios.


Que Dios... ilumine los ojos de vuestro corazón. Es con los ojos del alma con los que tenemos que mirar y ver la verdad de nuestra fe. Con los ojos del cuerpo no seremos capaces de ver la esperanza a la que se nos llama, ni la riqueza de gloria que Dios nos da en herencia, tal como nos dice San Pablo en esta carta a los Efesios. Sí, la Iglesia, y cada uno de nosotros, tenemos que vivir en este mundo como cuerpo de Cristo y esta fe es la que nos debe alimentar la esperanza y el amor para no desfallecer nunca y para actuar siempre de acuerdo con lo que nos dice nuestra Cabeza, que es Cristo Jesús. Esto sólo lo podremos ver con los ojos del corazón, con los ojos de la fe, que son con los que debemos mirar y ver siempre las cosas, a la luz del Espíritu. Es lo que San Pablo le pide al buen Padre Dios para todos los discípulos de Jesús de Nazaret.

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