jueves, 5 de mayo de 2016

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 18, 1-8




Pablo dejó Atenas y fue a Corinto. Allí encontró a un judío llamado Aquila, originario del Ponto, que acababa de llegar de Italia con su mujer Priscila, a raíz de un edicto de Claudio que obligaba a todos los judíos a salir de Roma. Pablo fue a verlos, y como ejercía el mismo oficio, se alojó en su casa y trabajaba con ellos haciendo tiendas de campaña. Todos los sábados, Pablo discutía en la sinagoga y trataba de persuadir tanto a los judíos como a los paganos.
Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se dedicó por entero a la predicación de la Palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús es el Mesías. Pero como ellos lo contradecían y lo injuriaban, sacudió su manto en señal de protesta, diciendo: «Que la sangre de ustedes caiga sobre sus cabezas. Yo soy inocente de eso; en adelante me dedicaré a los paga- nos».
Entonces, alejándose de allí, fue a la casa de un tal Ticio Justo, uno de los que adoraban a Dios y cuya casa lindaba con la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, junto con toda su familia. También muchos habitantes de Corinto, que habían escuchado a Pablo, abrazaron la fe y se hicieron bautizar.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 En un ambiente difícil como Corinto, Pablo cosecha éxitos y fracasos a la vez. Los judíos le rechazan, salvo Crispo, el jefe de la sinagoga. Unos cuantos paganos van convirtiéndose y constituirán el primer núcleo de la comunidad. Nunca ha sido fácil aceptar y vivir la fe en Cristo, sobre todo cuando la sociedad está claramente predispuesta en contra, como sucedía en la pagana Corinto y sigue sucediendo en tantos ambientes neopaganos de hoy. El ejemplo que nos da Pablo, permaneciendo un tiempo prolongado en esta ciudad, para consolidar la comunidad que se está formando, nos estimula también a nosotros. No podemos pretender que en un grupo o en una parroquia las cosas lleguen a cristalizar a la primera de cambio. Muchas veces la evangelización exige esfuerzos prolongados. Entre la siembra y la cosecha puede pasar mucho tiempo: y puede ser también que recoja el que no ha sembrado. Y no por eso ha sido inútil la siembra, sino al contrario.


P. Juan R. Celeiro 

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