domingo, 5 de junio de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 1, 11-19


 

Quiero que sepan hermanos, que la Buena Noticia que les prediqué no es cosa de los hombres, porque yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Seguramente ustedes oyeron hablar de mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba, y cómo aventajaba en el Judaísmo a muchos compatriotas de mi edad, en mi exceso de celo por las tradiciones paternas. Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos, de inmediato, sin consultar a ningún hombre y sin subir a Jerusalén para ver a los que eran Apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y después regresé a Damasco.
Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro Apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano del Señor.
 
Palabra de Dios. 


Os notifico, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Estas palabras de Pablo, en su Carta a los Gálatas, son importantes para entender y valorar en su justa medida todo el pensamiento y el mensaje paulino. Pablo no conoció personalmente a Jesús y su conversión al cristianismo no fue fruto de la predicación directa de ninguno de los apóstoles, sino de “una revelación de Jesucristo”. Esta revelación de Jesucristo es la que da Pablo una seguridad inquebrantable y una fe en el Mesías que le dará fuerza y valentía para predicar y vivir esta fe, sin desanimarse, hasta el final de su vida. Él se considera auténtico apóstol de Jesucristo, porque sabe que habla en su nombre y por inspiración divina. Él se considera como el rostro y la palabra de Jesús; por eso llegará a decir que es realmente Cristo el que vive en él. Pidamos nosotros a Jesús que aumente siempre nuestra fe en él y que nuestra fe en él, en Jesucristo, nos dé fuerza para intentar vivir como él vivió, con un corazón compasivo y lleno de misericordia hacia las personas que sufren.
 
 

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