jueves, 16 de junio de 2016

Lectura del libro del Eclesiástico 48, 1-14



El profeta Elías surgió como un fuego,
su palabra quemaba como una antorcha.
El atrajo el hambre sobre ellos
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor, cerró el cielo,
y también hizo caer tres veces fuego de lo alto.
¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios!
¿Quién puede jactarse de ser igual a ti?
Tú despertaste a un hombre de la muerte
y de la morada de los muertos, por la palabra del Altísimo.
Tú precipitaste a reyes en la ruina
y arrojaste de su lecho a hombres insignes;
tú escuchaste un reproche en el Sinaí
y en el Horeb una sentencia de condenación;
tú ungiste reyes para ejercer la venganza
y profetas para ser tus sucesores;
tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego
por un carro con caballos de fuego.
De ti está escrito que en los castigos futuros
aplacarás la ira antes que estalle,
para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
¡Felices los que te verán
y los que se durmieron en el amor,
porque también nosotros poseeremos la vida!
Cuando Elías fue llevado en un torbellino,
Eliseo quedó lleno de su espíritu.
Durante su vida ningún jefe lo hizo temblar,
y nadie pudo someterlo.
Nada era demasiado difícil para él
y hasta en la tumba profetizó su cuerpo.
En su vida, hizo prodigios
y en su muerte, realizó obras admirables.

Palabra de Dios. 



Reflexionamos juntos

 ¿Podría hacer alguien un retrato de nuestra vida en términos parecidos a los que aquí leemos sobre Elías y Eliseo? ¿Somos profetas de Cristo, defendemos sus intereses para evitar que se pierda la fe, para no caer en las idolatrías de nuestro tiempo? ¿Somos capaces de anunciar la Palabra de Dios y denunciar con valentía, cuando hace falta, lo que no puede tolerarse en el campo de la justicia si va contra la voluntad de Dios y los derechos de la persona humana? No es menester que seamos tan fogosos como Elías, ni que hagamos tantos milagros como Eliseo, pero si deberíamos aprender su fidelidad a Dios y la valentía de su actuación profética. Todos podríamos aprender esta doble dimensión de Elías: la oración y la acción, el desierto y la ciudad, la unión con Dios y la solidaridad con los que sufren.


P. Juan R. Celeiro

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