domingo, 5 de junio de 2016

Lectura del primer libro de los Reyes 17, 17-24


 
En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la viuda que había socorrido al profeta Elías, y su enfermedad se agravó tanto que no quedó en él aliento de vida. Entonces la mujer dijo a Elías: «¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¡Has venido a mi casa para recordar mi culpa y hacer morir a mi hijo!»
«Dame a tu hijo», respondió Elías.
Luego lo tomó del regazo de su madre, lo subió a la habitación alta donde se alojaba y lo acostó sobre su lecho. E invocó al Señor diciendo: «Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me ha dado albergue las vas a afligir, haciendo morir a su hijo? »
Después se tendió tres veces sobre el niño, invocó al Señor y dijo: «¡Señor, Dios mío, que vuelva la vida a este niño!» El Señor escuchó el clamor de Elías: el aliento vital volvió al niño, y éste revivió.
Elías tomo al niño, lo bajó de la habitación alta de la casa y se lo entregó a su madre. Luego dijo: «Mira, tu hijo vive». La mujer dijo entonces a Elías: «Ahora sí reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor está verdaderamente en tu boca».
 
Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Elías, el gran profeta, actuó en el tiempo calamitoso de los reyes que permitieron que se deteriorara el ambiente social y religioso del pueblo de Israel. En la página que leemos hoy, Elías tiene ocasión de agradecer la amabilidad de la pobre viuda de Sarepta que le está recibiendo en su casa, invocando a Dios y consiguiendo la curación o la resurrección del hijo. La reacción de la buena mujer es explicable: "ahora reconozco que eres un hombre de Dios". Con razón nombró Jesús, en su homilía de Nazaret, el mérito y la fe de esta buena mujer extranjera, por cierto, con una reacción contraria de sus paisanos, que se sintieron acusados de poca fe. No sabemos cómo será, pero lo que es seguro es que Dios nos tiene destinados a la vida, no a la muerte. Dios es Dios de amor y Dios de vida. Su respuesta a nuestra debilidad y nuestra caducidad es la vida eterna. Ese es nuestro futuro, aunque la muerte siga siendo un misterio y su seriedad no la podamos rehuir.


P. Juan R. Celeiro

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