lunes, 18 de julio de 2016

Lectura de la profecía de Miqueas 6, 1-4. 6-8


Escuchen lo que dice el Señor:
«¡Levántate, convoca a juicio a las montañas
y que las colinas oigan tu voz!
¡Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
atiendan, fundamentos de la tierra!
Porque el Señor tiene un pleito con su pueblo,
entabla un proceso contra Israel:
"¿Qué te hice, pueblo mío,
o en qué te molesté? Respóndeme.
¿Será porque te hice subir de Egipto,
porque te rescaté de un lugar de esclavitud
y envié delante de ti
a Moisés, Aarón y Miriam?"»

¿Con qué me presentaré al Señor
y me postraré ante el Dios de las alturas?
¿Me presentaré a Él con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Aceptará el Señor miles de carneros,
millares de torrentes de aceite?
¿Ofreceré a mi primogénito por mi rebeldía,
al fruto de mis entrañas por mi propio pecado?
Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno
y qué exige de ti el Señor:
nada más que practicar la justicia,
amar la fidelidad
y caminar humildemente con tu Dios.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 Se nos presenta una querella judicial de Dios contra su pueblo. Un pleito en el que Dios no se presenta como juez -no tendría más remedio que condenar al pueblo-, sino como parte querellante, poniendo como testigos a los montes y a la tierra. La queja de Dios es bien explicable: ha liberado al pueblo de la esclavitud, le ha ayudado siempre, y ahora sólo recibe ingratitud y distracción. El profeta pone en boca del pueblo un tímido intento de conversión, pero con poco acierto, porque pretende calmar a Dios con holocaustos de animales, o incluso sacrificándole a sus propios primogénitos. El profeta les recuerda lo que han de hacer según la alianza que había pactado con Dios: que sean misericordiosos con el prójimo y humildes ante Dios.


P. Juan R. Celeiro

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