jueves, 7 de julio de 2016

Lectura de la profecía de Oseas 11, 1-4. 8c-9



Así habla el Señor:
Cuando Israel era niño, Yo lo amé,
y de Egipto llamé a mi hijo.
Pero cuanto más los llamaba,
más se alejaban de mí;
ofrecían sacrificios a los Baales
y quemaban incienso a los ídolos.
¡Y Yo había enseñado a caminar a Efraím,
lo tomaba por los brazos!
Pero ellos no reconocieron que Yo los cuidaba.
Yo los atraía con lazos humanos,
con ataduras de amor;
era para ellos como los que alzan
a una criatura contra sus mejillas,
me inclinaba hacia él y le daba de comer.

Mi corazón se subleva contra mí
y se enciende toda mi ternura:
no daré libre curso al ardor de mi ira,
no destruiré otra vez a Efraím.
Porque Yo soy Dios, no un hombre:
soy el Santo en medio de ti,
y no vendré con furor.

Palabra de Dios. 


Reflexonamos juntos

 Un hermoso canto al amor que Dios tiene a su pueblo. Si antes había comparado este amor al conyugal, ahora describe con rasgos bien tiernos el amor de un padre -o de una madre- por el hijo que lleva en brazos, al que acaricia y besa, al que le enseña a andar, al que atrae «con ataduras de amor». Pero ese hijo ahora le es infiel. El pueblo ha roto la alianza que había prometido guardar. ¿Cuál será la reacción de Dios? Uno piensa en el castigo que dará a Israel (aquí se le llama Efraím, una de las tribus descendientes de José). Pero no. Dios no se decide a castigar: va a perdonar una vez más. El profeta -reflejando su propia incapacidad de condenar a su mujer infiel, porque en el fondo la sigue queriendo- describe con trazos muy humanos ese amor de Dios. Y la razón es todavía más impresionante: lo propio de Dios no es castigar, sino amar y perdonar. No es un enemigo siempre al acecho, sino el amigo que está en medio de su pueblo. Cuando tengamos que reconocer nuestro pecado, haremos bien en acordarnos de estas palabras de un Dios que no puede dejar de amarnos, a pesar de lo que hayamos hecho.


P. Juan R. Celeiro

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