sábado, 9 de julio de 2016

Lectura del libro de Isaías 6, 1-8



El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de Él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro:
«¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos!
Toda la tierra está llena de su gloria».
Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo. Yo dije:
«¡Ay de mí, estoy perdido!
Porque soy un hombre de labios impuros,
y habito en medio de un pueblo de labios impuros;
¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!»
Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. Él le hizo tocar mi boca, y dijo:
«Mira: esto ha tocado tus labios;
tu culpa ha sido borrada
y tu pecado ha sido expiado».
Yo oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?». Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!»

Palabra de Señor.



Reflexionamos juntos

 El rey Acaz cercado por Damasco y Samaria, fuera de sí, está por sacrificar a  su propio hijo. Isaías va a verle y le pide que no tema, si guarda su “fe” en Dios, su dinastía está asegurada por una promesa divina. Dios mismo se propone intervenir: un “hijo” le es anunciado, un nuevo heredero del trono de David. Ese hijo prometido será Ezequías, el rey piadoso que  reinara en Jerusalén. Detrás de este contexto histórico se perfila el Mesías. La solemnidad de ese oráculo, el nombre dado al niño “Dios con nosotros”, el término que designa a su madre, la “virgen”, el hecho que sea un signo de Dios. Todo orienta a una interpretación mesiánica.


P. Juan R. Celeiro

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