domingo, 3 de julio de 2016

Lectura del libro de Isaías 66, 10-14




¡Alégrense con Jerusalén

I y regocíjense a causa de ella,
todos los que la aman!
j Compartan su mismo gozo
los que estaban de duelo por ella,
para ser amamantados y saciarse
en sus pechos consoladores,
para gustar las delicias
de sus senos gloriosos!
Porque aSÍ habla el Senor:
Yo haré correr hacia ella
la prosperidad como un río,
y la riqueza de las naciones
como un torrente que se desborda.
Sus niños de pecho serán llevados en brazos
y acariciados sobre las rodillas.
Como un hombre es consolado por su madre,
así Yo los consolaré a ustedes,
y ustedes serán consolados en Jerusalén.
Al ver esto, se llenarán de gozo,
y sus huesos florecerán como la hierba.
La mano del Señor se manifestará a sus servidores,
y a sus enemigos, su indignación.
Palabra de Dios. 


Reflexionando juntos

 Como Isaías, que escribió en un período realmente calamitoso de la historia de su pueblo, nosotros nos alegramos de poder decir a todos, también a nuestro mundo preocupado por tantas malas noticias, que los planes de Dios son de perdón y de paz. Las imágenes son expresivas: la paz que Dios quiere para los suyos es como un río que inunda (supongamos que mansamente) los campos y llena de serenidad a todos. Pero hemos encontrado en el profeta otra imagen entrañable: el amor de Dios no sólo es comparable al de un padre, en clave de autoridad, poder y eficacia, sino también al amor de una madre, hecho de ternura y cercanía. El Catecismo comenta esta afirmación de Isaías: "Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad, que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura... Conviene recordar que Dios trasciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida. Nadie es padre como lo es Dios" (CCE 239). "Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer: Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las perfecciones del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre (y cita el pasaje de hoy) y las de un padre y esposo" (CCE 370).


P. Juan R. Celeiro

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