jueves, 21 de julio de 2016

Lectura del libro de Jeremías 1, 1. 4-10




Palabras de Jeremías, hijo de Jilquías, uno de los sacerdotes de Anatot, en territorio de Benjamín.
La palabra del Señor llegó a mí en estos términos:
«Antes de formarte en el vientre materno, Yo te conocía; antes de que salieras del seno, Yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones».
Yo respondí:
«¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar,
porque soy demasiado joven».
El Señor me dijo:
«No digas: "Soy demasiado joven",
porque tú irás adonde Yo te envíe
y dirás todo lo que Yo te ordene.
No temas delante de ellos,
porque Yo estoy contigo para librarte
-oráculo del Señor-».
El Señor extendió su mano,
tocó mi boca y me dijo:
«Yo pongo mis palabras en tu boca.
Yo te establezco en este día
sobre las naciones y sobre los reinos,
para arrancar y derribar,
para perder y demoler,
para edificar y plantar».

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 ¿Mereceríamos nosotros, los cristianos este reproche de Dios? Las lecturas no se proclaman para que nos enteremos de lo que pasaba seiscientos años antes de Cristo. Son una palabra dicha por el Dios viviente, hoy y aquí, para nosotros. Esta palabra nos interpela seriamente. ¿Hemos aflojado en nuestro amor primero y en nuestra memoria agradecida hacia los beneficios continuos de Dios? ¿Hemos sido infieles a la Alianza? Y si somos religiosos o ministros en la comunidad, ¿hemos guiado mal a los demás, escandalizándolos con nuestro ejemplo de infidelidad? También nosotros podríamos reconocer, si somos sinceros, que nos estamos construyendo cisternas agrietadas, de aguas contaminadas, que no apagarán nunca nuestra sed.


P. Juan R. Celeiro 

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