domingo, 10 de julio de 2016

Lectura del libro del Deuteronomio 30, 9-14


 
Moisés habló al pueblo, diciendo:
El Señor, tu Dios, te dará abundante prosperidad en todas tus empresas, en el fruto de tus entrañas, en las crías de tu ganado y en los productos de tu suelo. Porque el Señor volverá a complacerse en tu prosperidad, como antes se había complacido en la prosperidad de tus padres.
Todo esto te sucederá porque habrás escuchado la voz del Señor, tu Dios, y observado sus mandamientos y sus leyes, que están escritas en este libro de la Ley, después de haberte convertido al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.
Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo, para que digas: «¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?» Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: «¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?» No, la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.
 
Palabra de Dios.
 


Reflexionamos juntos


Moisés, asegura al pueblo que, para cumplir la voluntad de Dios y seguir su Alianza, no es nada complicado el camino: la ley de Dios la tenemos "muy cerca, en tu boca y en tu corazón". A nosotros, cristianos, todavía se nos ha acercado más esta palabra viva de Dios en Cristo Jesús. En cada Eucaristía nos miramos a su espejo para ir copiando las actitudes de la vida de Cristo. Hoy, el amor al prójimo. Tal vez a ellos, y a nosotros, nos hubiera gustado tener la excusa de que el plan de Dios es complicado o misterioso. Hubiéramos preferido que fuera "inalcanzable" o que tuviéramos que subir al cielo o surcar los mares para enterarnos de ese plan. Pero resulta que lo que Dios quiere de nosotros es muy sencillo. Lo que pasa es que hay que llevarlo a la práctica: "para que la practiques".


P. Juan R. Celeiro

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