domingo, 21 de agosto de 2016

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13


 

Hermanos:
Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos:
Hijo mío,
no desprecies la corrección del Señor,
y cuando te reprenda, no te desalientes.
Porque el Señor corrige al que ama
y castiga a todo aquél que recibe por hijo.
Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre?
Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella.
Por eso, «que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean. Y ustedes, avancen por un camino llano», para que el rengo no caiga, sino que se sane.
Palabra de Dios.


Hermanos: Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Este texto de la Carta a los Hebreos nos habla de un tema distinto al tema de las dos lecturas anteriores: del tema de la corrección paterna. Es un tema que debe venirnos bien a nosotros, en los tiempos en los que estamos viviendo. Hoy no parece estar de moda la corrección, ni de los padres, ni de los educadores, ni la corrección fraterna en general, pero tenemos que reconocer que la corrección es una obligación de todos los que tienen obligación de educar a alguien. Sin corrección no hay verdadera educación. No digamos que a la corrección debe sustituirla el amor, porque la verdadera corrección siempre debe ser fruto del amor. Corregimos a una persona porque la amamos y queremos lo mejor para ella. No es fácil practicar la corrección acertadamente, ni acertar con el momento más oportuno, ni acertar con las formas más eficaces. Pero por el hecho de ser difícil no podemos renunciar a ella, porque, como también se nos dice en esta Carta a los Hebreos, “ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Pues, que así sea.
 
Gabriel González del Estal
 

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