martes, 9 de agosto de 2016

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 8—3, 4





El Señor me dirigió la palabra y me dijo: «Tú, hijo de hombre, escucha lo que te voy a decir; no seas rebelde como ese pueblo rebelde: abre tu boca y come lo que te daré».
Yo miré y vi una mano extendida hacia mí, y en ella había un libro enrollado. Lo desplegó delante de mí, y estaba escrito de los dos lados; en él había cantos fúnebres, gemidos y lamentos.
Él me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes delante: come este rollo, y ve a hablar a los israelitas». Yo abrí mi boca y Él me hizo comer ese rollo.
Después me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que Yo te doy». Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel.
Él me dijo: «Hijo de hombre, dirígete a los israelitas y comunícales mis palabras».

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 Ezequiel nos cuenta un gesto simbólico que le hizo realizar Dios: «comer» el rollo de su Palabra, antes de predicarla a los demás. No era una Palabra fácil ni agradable. Y, sin embargo, el profeta reconoce que le supo «dulce como la miel». Algo parecido a lo que le pasó a Jeremías, que también tuvo que decir palabras desagradables a sus contemporáneos, pero no podía dejar de decirlas, porque eran como fuego devorador dentro de su ser (Jr 20,9). A un profeta -y todos lo somos, porque se nos encarga ser «testigos de Dios en el mundo»- le resulta muy significativo el gesto. Antes de hablar a los demás, tenemos que «comer» la Palabra de Dios: acogerla, rumiarla, digerirla, interiorizarla. Sólo entonces podemos transmitirla y será creíble nuestro testimonio, y no diremos palabras oídas o aprendidas en un libro, sino vividas primero por nosotros.


P. Juan R. Celeiro 

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