jueves, 18 de agosto de 2016

Lectura de la profecía de Ezequiel 36, 23-28



Así habla el Señor:
Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que Yo soy el Señor -oráculo del Señor- cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes.
Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos.
Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes.
Ustedes habitarán en la tierra que Yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y Yo seré su Dios.

Palabra de Dios.



Reflexionamos juntos


Por medio de Cristo Jesús, se nos ha dado el Espíritu de Dios, que quiere renovarlo todo. Todo debería transformarse en nuestras vidas, empezando por un «transplante de corazón» como el que promete Ezequiel: «arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne». Son cambios no superficiales, sino profundos. Obra de Dios y de su Espíritu, pero con nuestra colaboración. Cada año, en la Vigilia Pascual, escuchamos esta lectura. Porque es la noche en que celebramos el paso de Cristo a la Nueva Vida, y la noche en que recordamos nuestro Bautismo, cuando fuimos injertados en esa Pascua de Cristo.



P. Juan R. Celeiro

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