sábado, 20 de agosto de 2016

Lectura de la profecía de Ezequiel 43, 1-7a







La mano del Señor descendió sobre mí, y me llevó a Jerusalén. Y vi a un hombre que por su aspecto parecía de bronce. Él me llevó hacia la puerta del Templo que miraba al oriente, y yo vi que la gloria del Dios de Israel venía desde el oriente, con un ruido semejante al de las aguas caudalosas, y la tierra se iluminó con su Gloria. Esta visión era como la que yo había visto cuando el Señor vino a destruir la ciudad, y como la que había visto junto al río Quebar. Entonces caí con el rostro en tierra.
La gloria del Señor entró en la Casa por la puerta que daba al oriente. El espíritu me levantó y me introdujo en el atrio interior, y yo vi que la gloria del Señor llenaba la Casa. Y oí que alguien me hablaba desde la Casa, mientras el hombre permanecía de pie junto a mí. La voz me dijo: «Hijo de hombre, éste es el lugar de mi trono, el lugar donde se asienta la planta de mis pies. Aquí habitaré para siempre en medio de los israelitas».

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 Ayer el profeta anunciaba que Dios iba a infundir su espíritu nuevo. Hoy leemos cómo la gloria de Dios, él mismo, vuelve al Templo. Es una visión esperanzadora: el miércoles de la semana pasada habíamos leído como lo abandonaba, para ir al destierro con su pueblo. La vuelta significa, por tanto, que el destierro termina y se va a reconstruir el Templo y la sociedad. Además, Dios afirma: «aquí habitaré para siempre en medio de los israelitas». Con el espíritu que Dios infunde y con el corazón nuevo que aceptamos de él, todo es posible en el futuro.

P. Juan R. Celeiro


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