viernes, 5 de agosto de 2016

Lectura de la profecía de Nahúm 2, 1-3; 3, 1-3. 6-7






 
Miren sobre las montañas
los pasos del que trae la buena noticia,
del que proclama la paz.
Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos,
porque el hombre siniestro no pasará más por ti:
ha sido exterminado por completo.

Sí. el Señor ha restaurado la viña de Jacob
y la viña de Israel.
Los salteadores las habían saqueado
y habían destruido sus sarmientos.
¡Un destructor te ataca de frente!
¡Monta guardia en la fortaleza,
vigila los accesos, cíñete el cinturón,
concentra todas tus fuerzas!

¡Ay de la ciudad sanguinaria,
repleta de mentira, llena de rapiña,
que nunca suelta la presa!
¡Chasquido de látigos, estrépito de ruedas,
galope de caballos, rodar de carros,
carga de caballería,
centelleo de espadas, relampagueo de lanzas!
¡Multitud de víctimas,
cuerpos a montones,
cadáveres por todas partes!
¡Se tropieza con los cadáveres!

Arrojaré inmundicias sobre ti,
te cubriré de ignominia
y te expondré como espectáculo.
Así, todo el que te vea
huirá lejos de ti, diciendo:
«Nínive ha sido devastada!
¿Quién se lamentará por ella?
¿Dónde iré a buscar
alguien que te consuele?»

Palabra de Dios. 



Reflexionamos juntos

 Leemos una síntesis de un profeta poco conocido: Nahum, del siglo VII antes de Cristo. Se alegra de la caída de Nínive. Se ve que los asirios que habían sido los que llevaron al destierro hacía años al reino del Norte- eran, de verdad, sanguinarios y crueles, y se habían ganado el odio de todos los pueblos vecinos. Se alegra de la caída de su capital, Nínive, en manos de los medos y babilonios, que la arrasaron. Describe con trazos muy realistas la destrucción de la perversa ciudad: látigos, carros, caballos, espadas, lanzas, heridos, cadáveres... La ruina de los asirios supone, de momento, la paz para Israel y llena de alegría a Judá. Aunque, luego, resultará que los babilonios no serán mejores y llevarán, a su vez, al reino del Sur al destierro. La historia va dando vueltas. Imperios que parecían firmes se desploman. Hace miles de años y ahora. Dios sigue «derribando de sus tronos a los poderosos», como cantaba María de Nazaret. Ver la historia con perspectiva. A no entusiasmarnos demasiado por nadie ni por nada, ni a hundirnos tampoco por nadie ni por nada. Y, sobre todo, a confiar siempre en el amor de Dios, que nunca cierra las puertas al futuro.



P. Juan R. Celeiro

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