martes, 23 de agosto de 2016

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 2, 1-3a. 14-17



Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, les rogamos, hermanos, que no se dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncio proféticos, o por palabras o carta atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado. Que nadie los engañe de ninguna manera.
Dios los llamó, por medio de nuestro Evangelio, para que posean la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, hermanos, manténgase firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta. Que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

 Uno de los puntos que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la Parusía, o sea, a la venida última, escatológica, de Jesús.  A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Para nosotros, la revelación es la de Cristo Jesús, la que se contiene en el Evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos. Con relación al «fin del mundo», estamos en las manos de Dios. Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (cf. Mt 25,13). Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, no sabemos cuándo será la Venida del Señor. Y, por otra, sabemos que viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho. Lo que sí importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo nos preparamos para el encuentro final.


P. Juan R. Celeiro

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