martes, 23 de agosto de 2016

SAN FELIPE BENICIO, CONFESOR

El hijo más ilustre y el más ardiente propagador de la congregación de los servitas en Italia pertenecía a las nobles familias Benizi y Frescobaldi de Florencia y era originario de esa ciudad. Felipe nació el 15 de agosto de 1233. Según dicen algunos, ése fue el día en que los siete fundadores de los servitas tuvieron la primera visión de la Santísima Virgen. Felipe vino al mundo gracias a la fe de sus padres, que habían vivido largo tiempo sin hijos. A los trece años, fue enviado a París a estudiar medicina. Aunque Galeno era pagano, el estudio de sus obras espoleó a Felipe a elevarse de la contemplación de la naturaleza a la alabanza y adoración del Creador. De París pasó a Padua, donde a los diecinueve años obtuvo el grado de doctor en medicina y filosofía. A su vuelta a Florencia, empezó a deliberar acerca de su futuro. Durante un año se dedicó al ejercicio de su profesión y empleaba el tiempo libre en el estudio de la Sagrada Escritura y de los Padres. También oraba frecuentemente ante un crucifijo de la iglesia abacial de Fiésole y ante una imagen de la Anunciación en la capilla de los servitas de Caraffaggio, en las afueras de Florencia, para obtener la luz del cielo sobre su vocación.
La Orden de los Siervos de María había sido fundada catorce años antes por siete caballeros florentinos (12 de febrero). Los servitas tenían su principal convento en Monte Senario, a diez kilómetros de Florencia, donde vivían en celdas muy pequeñas, al estilo de los ermitaños camaldulenses, tenían todas sus propiedades en común, y profesaban obediencia a San Bonfilio Monaldi. Practicaban grandes austeridades y se sostenían prácticamente de limosna. El jueves de Pascua de 1254, Felipe se hallaba orando en Fiésole, cuando le pareció oír que el crucifijo le decía: “Ve a la colina en que habitan los siervos de mi Madre; así cumplirás la voluntad de mi Padre”. Reflexionando sobre esas palabras, Felipe asistió a la misa en la capilla de Caraffaggio. La frase que el Espíritu Santo inspiró al diácono Felipe citada en la epístola del día le impresionó profundamente: “Ve y acércate a ese carruaje”. Felipe vio en esas palabras dirigidas a su homónimo una invitación a ponerse bajo la protección de la Santísima Virgen en la Orden de los Servitas. Poco después, tuvo un sueño en el que se vio en una inmensa selva (que representaba el mundo), tan llena de precipicios, alimañas y serpientes, que no veía cómo escapar con vida, hasta que la Santísima Virgen se acercó a él en un carruaje. Convencido de que Dios quería que ingresase en la Orden de los Siervos de María, Felipe pidió la admisión en Monte Senario y recibió de manos de San Bonfilio el hábito de hermano lego. Al ingresar en la orden, declaró: “Quiero ser el siervo de los siervos de María”. En recuerdo de las circunstancias que le habían movido a abrazar la vida religiosa, Felipe conservó su nombre de pila. Los superiores le dedicaron a trabajar en el huerto y a pedir limosna y le emplearon también en los más duros trabajos del campo. El santo se entregó a ello en cuerpo y alma, en espíritu de penitencia y aprovechaba el trabajo para orar incesantemente. Su celda era una simple covacha en la parte posterior de la iglesia. En 1258 fue enviado al convento de Siena. En el camino intervino brillantemente en una discusión sobre ciertos puntos controvertidos; las gentes que se hallaban presentes, entre las que se contaban dos frailes dominicos y el hermano Víctor, que acompañaban al santo, quedaron atónitas de su sabiduría. Pronto llegó la cosa a oídos del prior general, quien examinó a fondo a Felipe, le mandó que recibiese la ordenación sacerdotal y, ante aquel mandato formal, ya no pudo resistirse.
Con ello, cayeron por tierra las esperanzas del santo de vivir oscuramente, en el servicio de Dios y de sus hermanos en el humilde grado de lego. En 1262, fue nombrado maestro de novicios del convento de Siena y vicario asistente del prior general. Poco después, éste dividió con él las responsabilidades del cargo, En 1267, se reunió en Caraffaggio el capítulo general de la orden; San Maneto renunció entonces al cargo de prior general y Felipe fue elegido unánimemente para sustiuirle a pesar de sus protestas. En el primer año de su cargo, hizo la visita general de los conventos de las provincias del norte de Italia, que estabar entonces divididas por la lucha entre los güelfos y los gibelinos. En ese viaje hizo su primer milagro, muy semejante al que se atribuye a Santo Domingo y otros santos. Debido al desorden que reinaba en la provincia, los servitas del convento de Arezzo no tenían qué comer y estaban a punto de morir de hambre. Cuando se reunieron a cenar no había nada sobre la mesa. Entonces, San Felipe los exhortó a tener confianza y fue a orar ante una imagen de Nuestra Señora En aquel preciso momento, se oyeron unos llamados en la puerta, y los fraile encontraron ante ella dos canastos llenos de víveres. San Felipe codificó las regla y constituciones de la orden, y el capítulo general de Pistoia aprobó su trabajo en 1268. En esa ocasión, el santo quería renunciar a su cargo, pero su colega, e hermano Lotaringo, supo darle tan buenas razones, que Felipe se decidió a permanecer en su puesto hasta que sus hermanos eligiesen a otro para sustituirle Nunca se encontró al sustituto y el santo fue así prior general hasta el fin d su vida.
A la muerte de Clemente IV, corrió el rumor de que el cardenal Ottobuon protector de los servitas, había propuesto a San Felipe para suceder al Sumo Pontífice y que la proposición había sido bien acogida. En cuanto la noticia llegó a sus oídos, huyó a una cueva de las montañas de Radicofani; el hermano Víctor se encargó de asistirle ahí durante tres meses hasta que pasó el peligro San Felipe aprovechó la temporada de encierro para dedicarse de lleno a la contemplación. Se alimentaba de hojas silvestres y bebía en una fuente cercana. Dicha fuente, a la que desde entonces se atribuyeron propiedades milagrosas, recibió el nombre de baño de San Felipe. Cuando salió de ese retiro, Felipe ardía en deseos de encender el corazón de los cristianos en el amor divino y pronto decidió visitar los conventos de la orden en Francia y Alemania. En 1274, Gregorio X le llamó al segundo concilio de Lyon. Felipe impresionó profundamente a la asamblea, y los presentes le atribuyeron el don de lenguas; sin embargo, toda su fama no fue suficiente para obtener la aprobación pontificia para la Orden de los Siervos de María.
El santo predicaba la palabra de Dios por dondequiera que iba, poseía un don extraordinario para convertir a los pecadores y reconciliar a los cismáticos. Italia estaba todavía muy dividida por las discordias y partidarismos hereditarios. Muchos varones de Dios habían intentado poner fin a esas querellas y lo habían logrado en algunos casos; pero la mayor parte de las veces las discordias estallaban de nuevo al poco tiempo, como heridas mal cicatrizadas. Los güelfos (partidarios del Papa) y los gibelinos (partidarios del emperador) formaban dos bandos irreconciliables. En 1279, el Papa Nicolás III dio facultades especiales al cardenal latino para que tratase de negociar la paz. Este pidió ayuda a San Felipe Benizi, que obró verdaderos milagros en la pacificación de enemigos que estaban a punto de lanzarse los unos sobre los otros en Pistoia y otras ciudades. En Forli, donde los sediciosos le habían insultado y golpeado al principio, acabó por obtener éxito. Peregrino Laziosi, el cabecilla de los rebeldes que había dado la orden de golpear a San Felipe, se postró a sus pies a pedirle perdón; la conversión de Laziosi fue tan sincera, que el santo le recibió en la orden de los servitas, en Siena, en 1283, y Benedicto XIV le canonizó en 1726. San Felipe fue amigo de muchos varones de Dios, entre los que se contaban San Peregrino y el Beato Juan de Frankfurt, el Beato Joaquín Piccolomini, a quien había conocido en Siena, el Beato Andrés Dotti, soldado, y el Beato Jerónimo, ambos originarios de Borgo San Sepolcro, el Beato Buenaventura de Pistoia, a quien San Felipe convirtió de una vida de crimen y violencia con un sermón, el Beato Ubaldo, cuyo espíritu revolucionario había producido graves desórdenes en Florencia, y el Beato Francisco Patrizi. En 1284, San Alejo Falconieri puso bajo la dirección de San Felipe Benizi a su sobrina Santa Juliana, la cual fundó la tercera orden de las Siervas de María. El santo se encargó también de enviar a los primeros misioneros servitas al oriente; algunos de ellos llegaron hasta la Tartaria y derramaron ahí su sangre por Cristo. Durante sus dieciocho años de superiorato general, Felipe tuvo por colega oficial a Lotaringo Stuffa, quien había sido su amigo desde la infancia. La amistad de ambos siervos de Dios no se desmintió nunca y la colaboración de ambos, basada en la mutua confianza, produjo excelentes frutos.
Cuando comprendió que se acercaba la hora de su muerte, en el año 1285, San Felipe decidió ir a visitar al nuevo Papa Honorio IV, quien se hallaba en Perugia. El santo reunió en Florencia un capítulo general en el que anunció su próxima muerte y dejó el gobierno de la congregación en manos del P. Lotaringo. Antes de partir, dijo a sus hermanos: “¡Amaos los unos a los otros! ¡Amaos los unos a los otros! ¡Amaos los unos a los otros!” Después se retiró al convento más pequeño y más pobre de la orden, en Todi, donde la población le recibió en triunfo. En cuanto pudo apartarse de la multitud, fue a postrarse ante el altar de Nuestra Señora y afirmó con gran convicción: “Este es el sitio de mi descanso. El día de la Asunción pronunció un sermón conmovedor sobre las glorias de María. A las tres de la tarde de ese mismo día, cayó gravemente enfermo. Inmediatamente reunió a toda la comunidad y habló de nuevo sobre la caridad fraterna: “Amaos los unos a los otros, trataos con reverencia y soportaos con paciencia”. Una semana después, entró en agonía. Tras de pedir que le diesen su “libro”, que era el crucifijo, el santo lo contempló con gran devoción y falleció a la hora del “Angelus” vespertino. Su canonización tuvo lugar en 1761. Su fiesta fue extendida a toda la Iglesia occidental en 1694.

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