miércoles, 14 de septiembre de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 6-11



Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.

Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
«Jesucristo es el Señor».

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 Los judíos conservaron vivo el recuerdo de un episodio misterioso que sucedió en su marcha por el desierto: las serpientes sirvieron como castigo a la murmuración de los israelitas y, a la vez, de remedio, si sabían "mirar" a la serpiente, probablemente como símbolo de que reconocían su propio pecado y se convertían a Dios. La serpiente de bronce es un anuncio de la cruz, signo de salvación. Que como el pueblo de Israel seamos conscientes de nuestros pecados y sin sucumbir al desaliento experimentemos la intercesión del nuevo Moisés que desde la cruz ruega por nosotros y con su sangre nos redime. Que en nuestra mirada llena de fe al crucificado recuperemos la gracia, la amistad con Dios y la paz perdida.


P. Juan R. Celeiro

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