lunes, 12 de septiembre de 2016

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 11, 17-26. 33



Hermanos:
No puedo felicitarlos por sus reuniones, que en lugar de beneficiarlos los perjudican. Ante todo, porque he oído decir que cuando celebran sus asambleas, hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Sin embargo, es preciso que se formen partidos entre ustedes, para que se pongan de manifiesto los que tienen verdadera virtud.
Cuando se reúnen, lo que menos hacen es comer la Cena del Señor, porque apenas se sientan a la mesa, cada uno se apresura a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se embriaga. ¿Acaso no tienen sus casas para comer y beber? ¿O tan poco aprecio tienen a la Iglesia de Dios, que quieren hacer pasar vergüenza a los que no tienen nada? ¿Qué les diré? ¿Los voy a alabar? En esto, no puedo alabarlos.
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía». Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva.
Así, hermanos, cuando se reúnan para participar de la Cena, espérense unos a otros.

Palabra de Dios. 


Reflexonamos juntos

 La Eucaristía nos une con Cristo. Pero también nos debe unir con la comunidad. Y esta segunda dirección es la que fallaba en Corinto. ¿Sólo en Corinto? ¿No podría dirigirnos una carta parecida Pablo a nosotros, echándonos en cara que somos capaces de compaginar tranquilamente nuestra misa con la falta de fraternidad, con la indiferencia hacia el hermano, incluso con el odio? ¿No puede pasar que, después de celebrar juntos la misa, luego dejamos de hablarnos con una persona, en familia o en comunidad, durante días y días, o tratamos mal a los ancianos, o hacemos el vacío al que nos resulta antipático, o creamos divisiones? Comemos el Pan partido: Cristo mismo, entregado por todos. ¿Y no se nos comunica su actitud de entrega por los demás? ¿O sólo entendemos la Eucaristía como consuelo y alimento nuestro, cada uno en relación con Cristo?


P. Juan R. Celeiro

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