sábado, 17 de septiembre de 2016

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 15, 35-38. 42-49



Hermanos:
Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?
Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere. Y lo que siembras no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que Él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde.
Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.
Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual. Esto es lo que dice la Escritura: "El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente"; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida.
Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.
De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.

Palabra de Dios.


Reflexionemos

Para Pablo es evidente que el modo de existir de nuestro cuerpo resucitado no será como el anterior. Nos ayuda a entender algo del misterio la comparación de la semilla y la planta, del primer Adán y del segundo. En nuestra resurrección seremos los mismos, pero transformados. Como Jesús, que en su Pascua no volvió a la existencia de antes, sino a una nueva y definitiva vida, en la que está. Como el niño que nace pasa del ambiente del seno materno a una vida fuera de este seno: es el mismo, pero ha llegado a la existencia para la que estaba destinado. Así nosotros, al morir, al atravesar como Cristo la puerta de la Pascua, pasaremos a una existencia nueva, transformada, definitiva, para la que estamos destinados. La semilla habrá muerto, pero era para dar origen a la espiga o a la planta nueva, porque "lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere".


P. Juan R. Celeiro

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