jueves, 22 de septiembre de 2016

Lectura del libro del Eclesiastés 1, 2-11




¡Vanidad, pura vanidad!, dice el sabio Cohélet.
¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!
¿Qué provecho saca el hombre
de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?

Una generación se va y la otra viene,
y la tierra siempre permanece.
El sol sale y se pone,
y se dirige afanosamente hacia el lugar
de donde saldrá otra vez.
El viento va hacia el sur
y gira hacia el norte;
va dando vueltas y vueltas,
y retorna sobre su curso.
Todos los ríos van al mar
y el mar nunca se llena;
al mismo lugar donde van los ríos,
allí vuelven a ir.
Todas las cosas están gastadas,
más de lo que se puede expresar.
¿No se sacia el ojo de ver,
el oído no se cansa de escuchar?
Lo que fue, eso mismo será;
lo que se hizo, eso mismo se hará:
¡no hay nada nuevo bajo el sol!
Si hay algo de lo que dicen:
«Mira, esto sí que es algo nuevo»,
en realidad, eso mismo ya existió
muchísimo antes que nosotros.
No queda el recuerdo de las cosas pasadas,
ni quedará el recuerdo de las futuras
en aquéllos que vendrán después.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 El Eclesiastes, tiñe sus palabras de un sano escepticismo, fruto de la experiencia humana. La primera frase, resume todo el espíritu del libro: "vanidad, pura vanidad". Las comparaciones se suceden: una generación sigue a la otra, el sol sale y se pone, el viento va cambiando de dirección y nunca se está quieto, los ríos van al mar y no parecen saciarlo. Lo que pasó, eso pasará, "no hay nada nuevo bajo el sol"... Es una perspectiva que no parece precisamente alentadora. Pero es un escepticismo que nos puede resultar sano. ¿Para qué trabajamos tanto y andamos con tantas preocupaciones por la vida, víctimas del estrés? ¿Vale la pena? ¿No estaremos perdiendo el humor y la serenidad, y por tanto, calidad de vida y de fraternidad? Jesús nos enseñó a no angustiarnos por las pequeñeces de la vida: y nos puso el ejemplo de los pájaros y los lirios, invitándonos a un poco más de confianza en Dios y un poco menos de angustia. Si trabajáramos con un poco más de serenidad, todo seguiría su curso igual y no habríamos perdido la paz. Y no tendríamos los desengaños que nos pasan por buscar la felicidad donde no está.


P. Juan R. Celeiro

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