viernes, 23 de septiembre de 2016

Lectura del libro del Eclesiastés 3, 1-11



Hay un momento para todo
y un tiempo para cada cosa bajo el sol:
un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;
un tiempo para matar y un tiempo para sanar,
un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;
un tiempo para llorar y un tiempo para reír,
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;
un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;
un tiempo para buscar y un tiempo para perder,
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;
un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,
un tiempo para callar y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar y un tiempo para odiar,
un tiempo de guerra y un tiempo de paz.

¿Qué provecho obtiene el trabajador con su esfuerzo?
Yo vi la tarea que Dios impuso a los hombres
para que se ocupen de ella.
Él hizo todas las cosas apropiadas a su tiempo,
pero también puso en el corazón del hombre
el sentido del tiempo pasado y futuro,
sin que el hombre pueda descubrir
la obra que hace Dios desde el principio hasta el fin.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 La sabiduría de un cristiano está hecha, sobre todo, de la Palabra de Cristo en el evangelio. Pero también puede beber sensatez y sentido común en las páginas de los sabios del AT, que no nos presentan altas teologías, pero sí la sensibilidad de un creyente que mira a Dios y a la vez tiene los pies bien puestos en el suelo. Si supiéramos discernir, cuándo es tiempo de llorar o de reír, de guardar o de arrojar, de destruir o de construir, nos irían bastante mejor las cosas en las opciones personales y en las comunitarias. Cada cosa tiene su tiempo, y nuestros disparates, pequeños o grandes, los solemos hacer porque no distinguimos estos tiempos. No nos tendríamos que tomar tan en serio a nosotros mismos. Seríamos más felices si miráramos con humor lo que hacemos, sin subirnos a la altura cuando nos sale bien ni hundirnos cuando fracasamos. Lo cual no es una invitación al fatalismo o a no trabajar, sino a trabajar con más serenidad interior y exterior. Sin asustarnos de casi nada. Santa Teresa, que tenía sentido común, supo expresar sabiamente esta disponibilidad serena ante lo que nos depare la vida: "cuando penitencia, penitencia; cuando perdices, perdices".


P. Juan R. Celeiro

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