viernes, 21 de octubre de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 4, 1-6




Hermanos:
Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.
Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 Se ve que todos los argumentos en favor de la unidad, por profundos y teológicos que sean -la fe y la esperanza comunes, la vocación compartida, nuestra alegría por tener un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu-, si no existe la caridad y el amor en nuestras comunidades, no valen mucho en la práctica. Ahí tenemos el retrato ideal de una comunidad cristiana, según la intuición y la experiencia de Pablo. La tarea sigue siendo difícil también hoy, porque nuestras debilidades hacen que la Iglesia no esté tan radiante de fe y de amor como debería estar, y que no presente una imagen de unidad como la que Pablo quisiera. Tenemos una lista estupenda de motivos por los que deberíamos estar unidos, pero no lo estamos del todo, ni con los otros cristianos ni entre nosotros mismos. La unidad eclesial no es una mera coexistencia pacífica y civilizada: debe basarse en estas raíces de fe y concretarse en una mutua tolerancia y amor, que es lo que crea un ambiente de fraternidad y también de credibilidad apostólica.


P. Juan R. Celeiro 

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