miércoles, 12 de octubre de 2016

Rosario Meditado de Juan XXIII

MISTERIOS GLORIOSOS


I LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Es el misterio de la muerte dominada y vencida; desde la muerte a los esplendores de la victoria y de la gloria. Nos enseña el más grande triunfo de Cristo; y a la vez contiene la seguridad del triunfo de la Santa Iglesia Católica más allá de las adversidades y de las persecuciones de la historia del pasado y las del futuro: Cristo vence, reina, impera. Es conveniente recordar que la primera aparición de Cristo resucitado fue para las piadosas mujeres que estuvieron muy cerca de Él en su vida y sus sufrimientos hasta el Calvario.
En estos esplendores, la mirada de la fe contempla, unidas a Jesús Resucitado, a las almas más queridas, aquellas con quien hemos gozado de familiaridad y compartido las penas. ¡Cómo se aviva a la luz de la Resurrección de Jesús, el recuerdo de nuestros muertos! Estos son recordados y bendecidos en el sacrificio del Señor Resucitado.
Por algo, la liturgia oriental concluye el rito fúnebre con el aleluya para todos los muertos. Para ellos invocamos la luz de los eternos tabernáculos, mientras que el pensamiento vuela, también a la resurrección que espera a nuestros mortales despojos: «Y espero la resurrección de los muertos», como rezamos en el Credo. Esperar y confiar en la suavísima promesa de que la resurrección de Jesús es prenda segura…

II LA ASCENCIÓN DE JESÚS AL CIELO

En este cuadro contemplamos la consumación de las promesas de Jesús. Es su respuesta a nuestro anhelo del cielo; y el retorno definitivo al padre, de quien procede y vino al mundo, es seguridad para todos nosotros a quienes ha prometido un puesto allá arriba: «Voy a prepararles un lugar» (Jn 14,2).
Este misterio se ofrece ante todo como una luz y advertencia para las almas de acuerdo con la vocación de cada uno. Está bosquejado el movimiento espiritual que lleva a la santificación, el anhelo de continuas ascensiones que preparan el alma a la medida de la edad plena de Cristo (Ef 4,13); en tal esfuerzo de perfección están comprendidos los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, misioneros y misioneras, seglares distinguidísimos, almas que quieren ser buen perfume de Cristo (2 Cor 2,15) y viven ya en una transmisión de vida celestial.
La enseñanza de esta decena es una exhortación a no dejarse distraer por aquello que apesadumbra, sino a abandonarse a la voluntad del Señor, que nos conduce a lo alto…

III LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Los Apóstoles en el Cenáculo, reunidos en torno a María, reciben el don último de Cristo, su espíritu, el Consolador y Abogado. Con la venida y efusión del espíritu santo, la herencia de Cristo, todavía trepidante y ansiosa, recibe el sello de la catolicidad que la dilata a todos los confines. El Espíritu Santo continua sus efusiones sobre la Iglesia todos los días; los siglos y los pueblos le pertenecen. Sus triunfo no están siempre a la vista, pero de hecho, están llenos de sorpresas y de maravillas…


IV LA ASUNCIÓN DE MARÍA AL CIELO

La suave imagen de María se ilumina e irradia en la suprema exaltación. ¡Qué bella escena la Dormición de María, tal como los cristianos de Oriente la contemplan!: Ella permanece distensa en el plácido sueño de la muerte y Jesús está junto a ella y tiene en su pecho, como a un niño, el alma de la Virgen para indicar el prodigio de la inmediata resurrección y glorificación. Motivo de consuelo y de confianza en los días de dolor para aquellas almas privilegiadas, que Dios prepara en silencio para los más altos triunfos. El misterio de la asunción nos familiariza con el pensamiento de nuestra muerte, en una luz de plácido abandono en el Señor, que queremos que esté cerca en nuestra agonía para recoger entre sus manos nuestra alma inmortal…


V LA CORONACIÓN DE MARÍA COMO REINA DE TODOS LOS COROS DE LOS ANGELES Y DE LOS SANTOS

He aquí la síntesis de todo el Rosario, que cierra la gran visión que se abrió con la anunciación del ángel. Un único flujo de vida pasa a través de cada uno de los misterios y nos recuerda el plan eterno de Dios para nuestra salvación; el comienzo, en lo escondido; la conclusión, en el esplendor de los cielos.
La reflexión ha de recaer sobre nosotros mismos, sobre nuestra vocación, por la que un día seremos asociados a los ángeles y a los santos y cuyas gracias santificantes anticipa ya desde esta vida, la realidad misteriosa y consoladora. Oh, que delicia; oh, que gloria. Somos conciudadanos de los santos y de la familia de Dios; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús (Ef 2,14-20). La intención en este misterio es orar por la perseverancia final y por la paz sobre la tierra, que abre las puertas de la eternidad bienaventurada.

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