viernes, 14 de octubre de 2016

Rosario Meditado de Juan XXIII

MISTERIOS DOLOROSOS


I JESÚS EN GETSEMANÍ

La mente conmovida llega a contemplar la imagen del Salvador en la hora del supremo abandono: «y tuvo un sudor, como de gotas de sangre que caía a tierra» (Lc 22,44). Esto expresa la íntima pena del alma, la amargura extrema de la soledad, el quebrantamiento del cuerpo decaído. La agonía viene provocada por la inminencia de aquello que Jesús ve bien claro: la Pasión que le espera.
La escena de Getsemaní sirve de estímulo al esfuerzo de la voluntad para aceptar el sufrimiento: «Que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Palabras que enseñan como se sufre, y precisan cómo se obtienen los mayores méritos. Pero también son consuelo interior y verdadero para todas las almas que sufren los dolores más agudos y misteriosos. En esta luz, ¡qué colores de confianza y de ternura adquiere la invocación a María que ha experimentado este íntimo dolor en unión con su Hijo!
La intención de la plegaria se eleva a una devota referencia sobre el Papa, visto en sus universales responsabilidades, objeto de viva preocupación para su propio corazón que, sin embargo, confía en la continua asistencia prometida por Cristo a su Vicario, e invoca a la vez fuerza y consuelo para los que sufren con Él, para los atribulados, para los afligidos…


II LA FLAGELACIÓN


Este misterio ofrece el recuerdo del despiadado suplicio de los latigazos sobre los miembros inmaculados e inocentes de Jesús.
El compuesto humano está hecho de alma y cuerpo; el cuerpo sufre las tentaciones más humillantes y la voluntad débil puede dejarse arrastrar. Así, pues hay en este misterio una invitación a la penitencia saludable que debe envolver y proteger la verdadera salud del hombre, en su totalidad, como ser corporal y espiritual.
De ello se deriva una gran enseñanza para todos. Nosotros no estamos llamados al martirio cruento, sino a la disciplina constante, cotidiana de las pasiones. Por este camino llegamos a asemejarnos cada vez más perfectamente con Jesucristo y a la participación de sus méritos.
La Madre Dolorosa le vio así flagelado: cuántas madres quisieran gozar de ver el perfeccionamiento moral de sus hijos a través de la disciplina de la educación, de la instrucción, de una vida sana, sin embargo, tienen a veces que llorar viendo insatisfechas tantas esperanzas, tantas fatigas.
La intención será pues, impetrar del Señor el don de la pureza de costumbres en las familias y en la sociedad, pero especialmente en las almas jóvenes más expuestas a las seducciones de los sentidos; y pedir a la vez , el don de la fortaleza de carácter, de la fidelidad a los propósitos hechos y a las enseñanzas recibidas..

III LA CORONACIÓN DE ESPINAS

Es el misterio cuya contemplación se ajusta mejor a aquellos que llevan el peso de graves responsabilidades en el cuidado de las almas y en la dirección del cuerpo social; por tanto, el misterio de los Papas, se los Obispos, de los Párrocos; el misterio de los gobernantes, de los legisladores, de los magistrados. También sobre su cabeza hay una corona en la cual está, sí, una aureola de dignidad y de distinción, pero que por ello mismo pesa y punza, procura espinas y disgustos. Donde está la autoridad no puede faltar la cruz, a veces de la incomprensión, la del desprecio, o la de la indiferencia y la de la soledad.
Otra aplicación nos hace pensar en las graves responsabilidades de quien ha recibido mayores talentos y está obligado a hacerlos fructificar mediante el ejercicio continuo de sus facultades de su inteligencia. El servicio del pensamiento, es decir, el empeño que se exige a quien de ellos está más dotado para la luz y guía de los otros, debe ser llevado con paciencia, rechazando las tentaciones del orgullo, del egoísmo, de la disgregación que demuele.
Oración, por tanto, intensa por los príncipes del pueblo que pertenecen al orden religioso y civil; y también por quienes tienen responsabilidades de la pluma, del pensamiento, de la creación artística…


IV LA VÍA DE LA CRUZ

La vida humana es un peregrinar continuo, largo y pesado. Arriba, arriba, por la colina escarpada, por el camino a todos señalado. En este misterio, Cristo representa al género humano. ¡Ay! Si no hubiese una cruz para cada uno. El hombre se vería tentado de egoísmo, de hedonismo, de insensibilidad y sucumbiría.
El fruto que proviene de la contemplación de Jesús que sube al Calvario es el de acoger y besar la cruz, llevándola con generosidad y alegría, según las palabras de la Imitación de Cristo: «En la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la protección contra los enemigos, la efusión de una celestial suavidad» (Lib. 2, cap. 12,2).
Extiende también la oración a María Dolorosa que siguió a Jesús con espíritu de participación en sus méritos y en sus dolores.
La intención abre los ojos ante la inmensa visión de los atribulados huérfanos, ancianos, enfermos, misioneros, débiles y exiliados, y pide para todos la fuerza y el consuelo que sólo da la esperanza: «Yo te saludo, oh Cruz, única esperanza», como nos dice la Liturgia.

V LA MUERTE DE JESÚS

Vida y muerte representan los dos puntos preciosos y orientadores del sacrificio de Cristo: desde la sonrisa de Belén que quiere abrirse a todos los hijos de los hombres en su primera aparición en la tierra, hasta el suspiro final que recoge todos los dolores para santificarnos, todos los pecados para borrarlos. Y María está junto a la cruz, como estaba junto al Niño de Belén.
Recemos a esta piadosa Madre a fin de que Ella misma ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.
Aquí está iluminado también el gran misterio de los pecadores obstinados, de los incrédulos, de aquellos que no recibieron ni recibirán la luz del Evangelio, que no sabrán darse cuenta de la sangre vertida por ellos también, por el Hijo de Dios. Y la oración se dilata en una ansia de justa reparación, en un horizonte de amplitud misionera porque la Sangre Preciosísima, derramada por todos los hombres proporcione a todos la salvación y la conversión: la Sangre de Cristo, prenda de vida eterna…

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