domingo, 20 de noviembre de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Colosas 1, 12-20


 
Hermanos:
Demos gracias al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos. Porque Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.
Él es la Imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en Él fueron creadas todas las cosas,
tanto en el cielo como en la tierra,
los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de Él y para Él.
Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en Él.
Él es también la Cabeza del Cuerpo,
es decir, de la Iglesia.
Él es el Principio,
el Primero que resucitó de entre los muertos,
a fin de que Él tuviera la primacía en todo,
porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud.
Por Él quiso reconciliar consigo
todo lo que existe en la tierra y en el cielo,
restableciendo la paz por la sangre de su cruz.
Palabra de Dios.



Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. La Iglesia, nuestra Iglesia cristiana y católica, no es del Papa, ni de los cardenales, ni de los obispos; nuestra Iglesia es de Cristo. Cristo es la cabeza de la Iglesia, todos los cristianos somos su cuerpo. A la largo de la historia cristiana muchos cristianos han actuado como si la cabeza de la Iglesia fuera el Papa, no Cristo, y de este error han surgido muchas divisiones, muchos enfrentamientos y muchas guerras. Hoy, gracias a Dios, todos los cristianos buscamos más la unión, el ecumenismo, queriendo tener como única cabeza de la Iglesia a Cristo y a su evangelio. Caminemos todos nosotros en esta dirección, anteponiendo lo que nos une a lo que nos separa, considerando a Cristo como nuestra única cabeza y esforzándonos todos nosotros en ser su verdadero cuerpo, miembros del único cuerpo místico de Cristo. Consideremos hoy todos los cristianos a Cristo como nuestro único camino, nuestra única verdad, nuestra única vida. Sólo así podremos celebrar este último domingo del año litúrgico, fiesta de Cristo Rey del Universo, con la debida dignidad cristiana.
Gabriel González del Estal


 

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