sábado, 5 de noviembre de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 4, 10-19




Hermanos:
Yo tuve una gran alegría en el Señor cuando vi florecer los buenos sentimientos de ustedes con respecto a mí; ciertamente ]os tenían, pero les faltaba la ocasión de demostrarlos. No es la necesidad la que me hace hablar, porque he aprendido a hacer frente a cualquier situación.
Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Yo lo puedo todo en Aquél que me conforta. Sin embargo, ustedes hicieron bien en interesarse por mis necesidades.
Y ya saben, filipenses, que al comienzo de la evangelización, cuando dejé Macedonia, ninguna otra Iglesia me ayudó económicamente. Ustedes fueron los únicos que, cuando estaba en Tesalónica, en dos ocasiones me enviaron medios para asistirme en mis necesidades. No es que yo busque regalos; solamente quiero darles la ocasión de que ustedes se enriquezcan cada vez más delante de Dios.
Por el momento, tengo todo lo necesario y más todavía. Vivo en la abundancia desde que Epafrodito me entregó la ofrenda de ustedes, como perfume de aroma agradable, como sacrificio aceptable y grato a Dios.
Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús.

Palabra de Dios. 


Reflexionamos juntos

 Estas  palabras nos sirven para valorar los favores que otros nos hacen, y para que aprendamos a ayudar a los demás, cuando los vemos en necesidad. Una de las cosas que más agradecemos es que nos visiten y nos echen una mano cuando estamos enfermos o en alguna situación como la de Pablo en la cárcel. Para el apóstol, esta caridad es verdadera liturgia, culto que agrada a Dios más que los cantos y las fiestas. A la vez, es también una lección para que tengamos una actitud de una cierta indiferencia ante los bienes materiales: que sepamos "arreglarnos" con poco y con mucho. Como Pablo no buscó nunca aprovecharse de su ministerio para que las comunidades le mantuvieran a su costa, los cristianos -sobre todo los ministros de la comunidad- también deberíamos buscar lo necesario para la vida y para el ministerio, pero sin mostrar en ningún momento ni codicia ni avaricia ni afán de poseer, conformándonos con lo que nos va deparando la vida. ¿No es ése el secreto de la verdadera felicidad y de la credibilidad ante los demás? 



P. Juan R. Celeiro

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