domingo, 13 de noviembre de 2016

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 3, 6-12


 
Hermanos:
Les ordenamos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza que recibieron de nosotros. Porque ustedes ya saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Cuando estábamos entre ustedes, no vivíamos como holgazanes, y nadie nos regalaba el pan que comíamos. Al contrario, trabajábamos duramente, día y noche, hasta cansamos, con tal de no ser una carga para ninguno de ustedes. Aunque teníamos el derecho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar.
En aquella ocasión les impusimos esta regla: el que no quiera trabajar, que no coma. Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A éstos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan.
Palabra de Dios.


El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Algunos cristianos de Tesalónica pensaban que la segunda venida, la parusía, vendría de un momento a otro y, por tanto, no merecía la pena trabajar ya. San Pablo, que sabe que los cristianos que piensan esto se basan en frases de su carta anterior, les escribe de nuevo para dejar las cosas claras: que imiten su ejemplo y que, como él, trabajen día y noche para ganarse su propio pan y no ser carga para nadie. No creo que nosotros tengamos ahora el problema que tenían los cristianos de Tesalónica, cuando se escribió esta carta, pero no está mal que todos nos apliquemos las palabras de la carta y que trabajemos, en la medida de nuestras posibilidades, para no ser carga para nadie. No sólo trabajemos para ganarnos nosotros nuestro propio pan, sino que, si podemos ayudar con nuestro trabajo a los que no pueden por sí mismos ganarse el pan que necesitan, nosotros les ayudemos, trabajando con generosidad y viviendo con sobriedad.
            
Gabriel González del Estal
 

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