jueves, 8 de diciembre de 2016

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 3 -6. 11-12



Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo,
para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia,
por el amor.

Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo,
conforme al beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que nos dio en su Hijo muy querido.

En Él hemos sido constituidos herederos,
y destinados de antemano
-según el previo designio
del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-
a ser aquéllos que han puesto su esperanza en Cristo,
para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.



Él nos eligió para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Ya hemos comentado en alguna otra ocasión este himno cristológico de la carta a los efesios. Pero no estará de más repetir que Dios, por amor, quiere que seamos sus hijos, santos e irreprochables ante él, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Es lo que hizo María de Nazaret, la virgen inmaculada, que se consideró siempre hija de Dios, su esclava, para que así se hiciera carne en ella la verdadera Palabra de Dios. María no quiso que la gracia de Dios redundara en alabanza suya, sino en alabanza del que había hecho obras grandes en ella.

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