sábado, 31 de diciembre de 2016

Lectura de la primera carta de san Juan 2, 18-21



Hijos míos,
ha llegado la última hora.
Ustedes oyeron decir que vendría un Anticristo;
en realidad, ya han aparecido muchos anticristos,
y por eso sabemos que ha llegado la última hora.
Ellos salieron de entre nosotros;
sin embargo, no eran de los nuestros.
Si lo hubieran sido,
habrían permanecido con nosotros.
Pero debía ponerse de manifiesto
que no todos son de los nuestros.
Ustedes recibieron la unción del que es Santo,
y todos tienen el verdadero conocimiento.
Les he escrito,
no porque ustedes ignoren la verdad,
sino porque la conocen,
y porque ninguna mentira procede de la verdad.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Se exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente «última hora» de la historia, marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado «anticristo», símbolo de todas las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los herejes. El tiempo final de la historia, no debe ser entendido en sentido cronológico sino teológico, tiempo decisivo y último de la venida de Cristo, tiempo especialmente de lucha, de persecuciones y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras, el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por los que difunden el error. Éstos, si bien pertenecieron a la comunidad, se han mostrado sus enemigos al abandonar la Iglesia y obstaculizando su camino. Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite que Satán encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, los que han recibido la «unción del que es Santo», es decir, la Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, les enseña la verdad completa. La que se refiere a la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne y no a un Jesús aparentemente humano, figura de una realidad sólo espiritual, como dicen los herejes.


P. Juan R. Celeiro


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