martes, 13 de diciembre de 2016

Lectura de la profecía de Sofonías 3, 9-13



Así habla el Señor:
Yo haré que sean puros
los labios de los pueblos,
para que todos invoquen el Nombre del Señor
y lo sirvan con el mismo empeño.
Desde más allá de los ríos de Cus,
mis adoradores, los que están dispersos,
me traerán ofrendas.

Aquel día,
ya no tendrás que avergonzarte de las malas acciones
con las que me has ofendido,
porque Yo apartaré a esos jactanciosos prepotentes
que están en medio de ti,
y ya no volverás a engreírte
sobre mi santa Montaña.

Yo dejaré en medio de ti
a un pueblo pobre y humilde,
que se refugiará en el Nombre del Señor.
El resto de Israel
no cometerá injusticias
ni hablará falsamente;
y no se encontrarán en su boca
palabras engañosas.
Ellos pacerán y descansarán
sin que nadie los perturbe.

Palabra de Dios.


Inclinémonos humildes en la presencia del Señor nuestro Dios, y reconozcámonos pecadores, pues no sólo hemos deteriorado nuestra propia vida, sino que, tal vez, hemos sido incluso ocasión de pecado para los demás a causa de nuestro egoísmo, de nuestras injusticias, y de nuestra avidez por lo pasajero.
Hemos buscado nuestros propios intereses; y para lograrlos no nos hemos detenido, pisoteando tal vez los derechos y la vida misma de los demás.
Pero si volvemos con sinceridad al Señor; si no queremos utilizar ya el poder para dañar a nuestro prójimo; si queremos que todos los que vivan junto a nosotros ya no caminen en tinieblas, sino en la luz, por haber encontrado en nosotros a alguien que los ame y se preocupe de ellos, entonces el Señor nos perdonará, y en adelante caminaremos guiados por su Espíritu, que derramará en nosotros con mayor abundancia.
El Señor se acerca a nosotros. Abramos las puertas de nuestro corazón al Redentor.
Y Dios tendrá misericordia de nosotros; y nos perdonará nuestros pecados, por muy graves que sean, pues la mano de Dios no es tan corta que no pueda destruir todo aquello que nos alejó de su presencia y del amor a nuestro prójimo.
Por eso no pensemos que estamos seguros por pertenecer a la Iglesia de Cristo, ni por acudir a las diversas celebraciones litúrgicas, pues nuestra salvación sólo procede de Dios, a quien vivimos unidos como comunidad de fe que lo alaba constantemente, tanto en los lugares de culto, como en la vida diaria, con una conducta intachable.




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