viernes, 9 de diciembre de 2016

Lectura del libro de Isaías 48, 17-19




Así habla el Señor, tu redentor, el Santo de Israel:
Yo soy el Señor, tu Dios,
el que te instruye para tu provecho,
el que te guía por el camino que debes seguir.
¡Si tú hubieras atendido a mis mandamientos,
tu prosperidad sería como un río,
y tu justicia, como las olas del mar!
Como la arena sería tu descendencia,
como los granos de arena, el fruto de tus entrañas;
tu nombre no habría sido extirpado
ni borrado de mi presencia.

Palabra de Dios.


Dios no nos creó para la muerte, sino para la vida. Tampoco se recrea en la muerte de los suyos. Él quiere que todos alcancen la plenitud de la vida que nos ofrece por medio de su Hijo Jesús. Nadie puede, por tanto, sentirse excluido de esa vida y de esa gracia.
Dios, por todos los medios posibles, saldrá al encuentro del pecador para llamarlo a la conversión, dándole la oportunidad de rectificar sus caminos. Pero si alguien se obstina en su pecado, y a causa de él muere, no puede culparse a Dios de la condenación de los malvados.
Jesús mismo, llorando sobre Jerusalén le indicará: ¡Si hoy conocieras la oportunidad que Dios te da! Pero eso está oculto a tus ojos; oculto porque las cosas pasajeras y pecaminosas, porque tu terquedad en cerrarte al amor de Dios te enceguecieron para que no vieras aquello que te conduce a la salvación.
Ojalá y no vaya a sucedernos a nosotros lo mismo.

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