viernes, 30 de diciembre de 2016

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 3 -7. 14-17




El que honra a su padre expía sus pecados
y el que respeta a su madre es como quien acumula un tesoro.
El que honra a su padre encontrará alegría en sus hijos
y cuando ore, será escuchado.
El que respeta a su padre tendrá larga vida
y el que obedece al Señor da tranquilidad a su madre.
El que teme al Señor honra a su padre
y sirve como a sus dueños a quienes le dieron la vida.
La ayuda prestada a un padre no caerá en el olvido
y te servirá de reparación por tus pecados.

Cuando estés en la aflicción, el Señor se acordará de ti,
y se disolverán tus pecados como la escarcha con el calor.
El que abandona a su padre es como un blasfemo
y el que irrita a su madre es maldecido por el Señor.
Hijo mío, realiza tus obras con modestia
y serás amado por los que agradan a Dios.

Palabra de Dios.


Reflexionamos juntos

Fragmento sapiencial que presenta una escena llena de fe y de simple humanidad acerca de las relaciones familiares, camino seguro también a la observancia del amor a Dios. Invitación a los hijos adultos para que amen de corazón a sus padres ancianos con un comportamiento verdaderamente filial. Comenta el cuarto mandamiento, precepto bastante practicado en el judaismo antiguo. Pone de relieve la estrecha relación entre el honrar a Dios y el honrar a los padres: respetarlos y cuidarlos es obedecer a Dios; no apiadarse de ellos y abandonarlos en el momento de la prueba es despreciar al Señor. El honor que el hijo debe a sus padres contiene toda una gama de actitudes y de sensibilidad, que se traduce no sólo en respeto, sino en la ayuda concreta, en las muestras de afecto, obediencia, estima y atención, porque todo esto es hacer la voluntad de Dios. La práctica del mandamiento es fuente de recompensa y acarrea dones extraordinarios del Señor, como una vida larga, la remisión de los pecados, la alegría y la satisfacción de parte de los propios hijos, ser escuchados en la oración, y la seguridad de la aceptación en el futuro por parte de Dios.

P. Juan R. Celeiro

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