sábado, 10 de diciembre de 2016

Lectura del libro del Eclesiástico 48, 1-4. 9-11


Surgió como un fuego el profeta Elías,
su palabra quemaba como una antorcha.
Él atrajo el hambre sobre ellos
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor, cerró el cielo,
y también hizo caer tres veces fuego de lo alto.
¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios!
¿Quién puede jactarse de ser igual a ti?
Tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego.
en un carro con caballos de fuego.
De ti está escrito que en los castigos futuros
aplacarás la ira antes que estalle,
para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
¡Felices los que te verán
y los que se durmieron en el amor,
porque también nosotros poseeremos la vida!

Palabra de Dios.


Aquel que está lleno del Espíritu Santo tiene la fuerza del fuego que devora la hierba seca y que purifica los metales para que sean preciosos y puros.
Elías es comparado a un profeta de fuego, con palabras de fuego; arrebatado por el fuego pero que volverá para poner las cosas en orden preparando el camino al Señor.
Quienes hemos recibido el Don del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones como en un templo, no podemos permanecer indiferentes ante la maldad que ha dominado a muchos, y que impide que el Señor sea reconocido como Señor en sus vidas.
No podemos sólo proclamar el Nombre del Señor por costumbre; lo hemos de hacer siendo instrumentos de su Espíritu que prepara los corazones para que en ellos habite el Señor y le dé un nuevo sentido a sus vidas.
No podemos quedarnos sólo en preparaciones externas para la venida del Señor; hemos de estar con un corazón dispuesto a recibirlo y para que, teniéndolo en nosotros, lo manifestemos ante los demás con todo su poder salvador.

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